ARTICULOS  OCEANIA

AUSTRALIA: La inmensidad del sur del Pacífico

Para algunos isla más grande de la tierra, para otros, el continente más pequeño.

Ese pedazo de tierra en medio del océano posee un magnetismo al que poca gente puede escapar. Australia está en la mente de muchos viajeros como una asignatura pendiente. Un viaje lejano y quizás inaccesible. El tiempo y la distancia tienen buena parte de culpa, pero en los últimos años, el descenso de las tarifas aéreas hacen más asequible la escapada y la enorme isla del hemisferio sur, la otrora "terra australis incognita", nos resulta mucho más cercana. 

Parece un país de contradicciones. Fundada como colonia de criminales expatriados de las islas británicas, "convictos" suena menos fuerte, se ha transformado en una sociedad que en algunas áreas es más conservadora y victoriana que la mismísima metropóli londinense. A priori desértica, posee bosques tropicales, montañas nevadas y tierras donde se cultiva el buen vino. Pingüinos y canguros. Y a pesar de su superficie, casi siete millones setecientos mil kilómetros cuadrados, el setenta por ciento de sus diecisete millones de habitantes vive en las diez ciudades principales y más de seis millones lo hacen en Sydney y Melbourne, las dos grandes rivales.  

Sin embargo, tenemos otra imagen del país. La de la soledad, el aislamiento, la distancia. Niños siguiendo sus estudios a través de la radio, médicos que visitan a sus pacientes desplazándose en avioneta, y granjeros que viven al estilo "cocodrilo dundee". Tipos rudos, ciertamente, que habitan el interior y que nada tienen que ver con la alta sociedad de Melbourne, ni con la ingente cantidad de asiáticos que han llegado en los últimos años para unirse a la larga lista de griegos, italianos y centroeuropeos que arribaron después de los ingleses. ¿Y los aborígenes?, ¿Qué hay de los aborígenes?. Fueron masacrados, quizás un poco menos que en Norteamérica, y muchos de los pocos que quedan, viven marginados y sumidos en un alcoholismo incipeinte, a pesar de que en los últimos años se han podido reorganizar y poseen sus comitës, algunos territorios, ayuda, y cierta autonomía. Su lugar sagrado: Uluru, Ayers Rock en la mayoría de los mapas, es el símbolo turístico del país y uno de los lugares más visitados. Pero vayamos por partes.   

Victoria: La elegancia. 

La elegancia sería posiblemente la palabra que mejor definiría a la ciudad de Melbourne, la capital del estado de Victoria, el más pequeño del país. Antigua sede del gobierno desde los tiempos de la Federación hasta el traslado de la capital de la nación a Camberra, vió crecer muchos edificios neogóticos financiados con los beneficios adquiridos por el descubrimiento de grandes cantidades de oro en la década de 1850. Bañada por el rio Yarra, tiene un relieve bastante llano y la superficie urbana está salpicada por más de cuatrocientos parques que alcanzan la cuarta parte de la urbe. Los puentes sobre el Yarra, la casa del Parlamento, la catedral católica romana de San Patricio, la casa de los padres del capitán Cook, traída desde Inglaterra, y la National Gallery, constituyen las visitas tradicionales, pero deben completarse con los paseos, a pie o en tranvía, por los distintos barrios que han acogido desde varias décadas a los grupos de inmigrantes que prefieren vivir junto a sus conciudadanos de origen. La "pequeña italia", en la zona de Carlton; los asiáticos en Fitzroy; Chinatown; griegos en Richmond; Camberwell, Croydon, Dingley, Footscray... Los barrios más distinguidos están en South Yarra y Toorak, donde la victoriana sociedad de origen británico posee sus mansiones. Y las tiendas más elegantes se alternan con hoteles y sedes de grandes compañías en el centro comercial. Auténticas galerías instaladas con un gusto exquisito dejan boquiabiertos a los visitantes de la ciudad, que posiblemente también se sorprendan por el amor de sus habitantes hacia el deporte. Aunque la Olimpiada del 56 ya pasó (ahora los de Sydney se desquitarán con la del 2.000), las prácticas deportivas se suceden sin cesar y durante el fin de semana hay que acercarse hasta el rio, junto a los jardines de Alexandra, para contemplar la enorme cantidad de remeros que surcan sus aguas con sus frágiles y ligeras embarcaciones.  

Salir de Melbourne permite visitar los Jardines Nacionales de Rhododendron en Olinda; Belgrave, centro comercial del área de las montañas Dandenong; El pueblo minero de Sovereing Hill, reconstruido en el estilo de la época; y la ciudad de Bendigo, que fué la reina de los campos auríferos y hoy representa un magnífico ejemplo de arquitectura del siglo XIX. Porque Victoria también tiene su lejano oeste, salpicado por minas de oro, rodeadas de áridos desiertos y zonas habitadas por rudos vaqueros que conducen el ganado. 

Más al norte se encuentran las tierras bañadas por el rio Murray, que todavía recuerda aquellos tiempos anteriores al ferrocarril, en que buena parte del transporte se realizaba mediante barcazas. El rio llegó a ser con sus 2.590 kilómetros de longitud y cientos de barcos fluviales, la mayor arteria comercial del sudeste de Australia y es todavía hoy el cauce fluvial más largo del país. 

Además de los Alpes, con alturas que rondan los 2.000 metros y valles que en primavera se cubren de flores silvestres, existe en Victoria otra cadena montañosa que si bien no resulta tan espectacular, constituye un rosario de picos escarpados y rocosos con más de mil especies de plantas autóctonas y una abundante vida animal. En los Grampians, finaliza la larga cadena "Great Dividing Range", que divide el este de Australia y el gran desierto central. Fué nuestro primer encuentro con los canguros en libertad. Escurridizos y saltarines, rápidamente se internan en la maleza, quizás con el instinto adquirido tras siglos de persecución. Los aborígenes de la zona, que poseen un centro cultural en el interior del parque, han recuperado parte de sus tradiciones y una gastronomía basada en la caza de animales, que puede "degustarse" en el restaurante anexo. La serpiente, la carne de canguro y el paté de emu son algunos de los platos más habituales. Las pinturas aborígenes, las cascadas de Mac Kenzie, las paredes rocosas que hacen las delicias de los escaladores y la variedad de flores y plantas silvestres constituyen los atractivos más destacables de la abrupta cordillera de los Grampians. 

"The Great Ocean Road".

Una de las rutas paisajísticamente más interesantes y bellas del estado de Victoria es la "Great Ocean Road", carretera que bordea el océano desde Warrnambool hasta Melbourne, a los largo de 350 kilómetros. Las frecuentes tormentas de antaño provocaron múltiples naufrágios de los viejos "clippers", buques de vela del siglo pasado que zarparon ligados a la fiebre del oro. Hay 17 buques hundidos y localizados frente a la costa. Los acantilados tallados por la erosión de aguas y vientos ofrecen en el Parque Nacional de Port Campbell, formas dramáticas y fantasmagóricas, entre las que destaca la bautizada con el nombre de "los doce apóstoles". El llamado "puente de Londres" fué tambien famoso antaño, pero hace pocos años uno de sus arcos se derrumbó. Una de las vistas más impresionantes se obtiene en Loch Ard Gorge, donde el mar penetra en una garganta profunda rodeada de blancos acantilados. Pueblos de pescadores, viejos puertos recreados como el de Flagstaff Hill, playas frecuentadas por el turismo y en ocasiones por pequeños pingüinos, parques con bosques pluviales como el de Otway, y hasta un campo de golf en Anglesea con multitud de canguros acostumbrados a contemplar impasibles el "swing" de los jugadores, son algunos de los atractivos que jalonan la bella carretera del océano, que ha de llevarnos hasta Melbourne para tomar un avión hacia el norte. 

Hayman Island: la esclusividad.

Un vuelo hasta Brisbane, ya en el estado de Queensland y una rápida conexión nos lleva hasta Hamilton Island, donde un impresionante yate nos trasladará hasta la isla de Hayman. Cuarenta y cinco minutos de travesía acompañada por la suave música y una botella de champán nos separan del tercer "resort" de playa más lujoso del mundo y el primero de todo el hemisferio sur. Pasar tres días en Hayman, es como acercarse por algunas horas al modo de vida de la "jet set" internacional. Situada en el corazón de las Whitesunday Islands, la pequeña isla privada posee un puerto para yates, a la vez frecuentado por hidroaviones que permiten a sus clientes sobrevolar la Gran Barrera de Coral y descender en cualquier punto para bucear o simplemente descansar sobre la inmensidad del océano, mientras a escasos centímetros bajo la superficie se desarrolla una vida llena de colores. 

La Gran Barrera de Coral. es el mayor sistema de corales y formas de vida asociadas del mundo. Tiene una longitud de 2.300 kilómetros, ocupando una área de casi 35 millones de hectáreas salpicadas por 2.900 arrecifes y gran cantidad de islas. Patrimonio de la Humanidad por su riqueza natural, es un ecosistema maduro desarrollado a lo largo de miles de años, formado por arrecifes individuales compuestos por restos de esqueletos acumulados de plantas y animales, sosteniendo a la vez, una capa de animales y plantas vivientes. Con 1.500 especies de peces indentificadas, más de 300 de corales duros, 400 de moluscos y 400 de esponjas, es sin duda el auténtico paraíso de los submarinistas, pero miles de personas se desplazan cada año a alguna de sus partes simplemente para nadar, tomar el sol o zambullirse en sus cristalinas aguas. Normalmente utilizan barcos que parten de los centros turísticos de la costa de Queensland, pero los clientes de Hayman, lo suelen hacer en avioneta o helicóptero. Sobrevolar la Gran Barrera es una experiencia única. Bajo la superficie del agua se puede contemplar ese laberinto coralino que se extiende hasta el infinito. De vez en cuando se observan yates de recreo o plataformas de distintos tamaños adaptadas para acoger con comodidad a las excursiones que provienen de la costa. Nuestro hidroavión descendió hasta una de ellas para poder agenciarnos con el material necesario para una sencilla inmersión. Una pequeña barca nos trasladaría hasta el punto elegido y dos horas de relajantes emociones contrastarían con el trayecto excitante con el que nuestro piloto nos había obsequiado en el viaje de ida. 

Regresamos a nuestra lujosa isla para disfrutar de sus instalaciones. Cinco restaurantes y la posibilidad de realizar una cena durante un crucero crepuscular representan el contrapunto gastronómico a todo tipo de actividades deportivas o las simples caminatas por el perímetro isleño.

Una piscina de diseño excepcional y maravillosos jardines tropicales se extienden por delante de las dos alas capaces de albergar 214 habitaciones y suites que han acogido a lo largo de sus historia a los más ricos y famosos personajes que han tenido a bien desplazarse hasta aquí. Reyes y cantantes, artistas de cine y modelos, presidentes y magnates, figuran en la lista, a veces secreta a veces no tanto, de ilustres individuos que han pasado algunos días de relax en este dorado retiro. El marisco, la pasta italiana, la hamburguesa, los platos orientales y la cocina francesa, son los protagonistas principales en los distintos restaurantes, pero de vez en cuando se organiza en este último una cena muy especial, "la cena del chef". Resulta impresionante observar una larga mesa repleta de candelabros y vajillas nobles a cuyo alrededor se sientan elegantísimos comensales vestidos de etiqueta, instalada en el centro de la amplia cocina del restaurante, mientras cocineros y camareros deambulan a su alrededor para producir y servir los deliciosos manjares. Una forma de acercar dos mundos tradicionalmente separados por una puerta de servicio. 

A pesar de los hoyos de un mini campo de golf, de las seis pistas de tenis, del gimnasio, de las pistas de badminton, las tiendas, los centros infantiles, las peluquerías, los jardines y el centro de deportes acuáticos, la zona más espectacular y concurrida es la llamada piscina del lago. Un enclave excepcional donde casi todo el mundo toma el sol y que para mí representa un excelente enclave para abrir el mapa y recorrer con la vista la inmensidad de Australia. 

Tierra y estados. 

Cinco estados en la gran isla además de Tasmania, "la otra isla" situada al sur. En el oeste: "Western Australia", cuya capital Perth, parece aislada de todo lo demás, a más de cuatro mil kilómetros del poblado este. Junto a la desembocadura del rio Swan, Perth tiene cierto aire californiano, y vive de espaldas al inmenso desierto que la entorna, de cara al mar. Durante muchos años la única vía de comunicación terrestre con el resto del país eran las 65 horas de trayecto, dos días y tres noches, que emplea el ferrocarril Indian Pacific, que encuentra en su camino la recta ferroviaría más larga del mundo. Pasa por South Australia, cuya capital Adelaida se enorgullece de los vecinos viñedos del valle de Barossa, del Gran Premio de Fórmula 1 y de albergar los festivales de música y arte más animados de toda el país. Al norte, el "Northern Territory", acoge dos de los más grandes hitos australianos. De un lado el Kakadu National Park, una gigantesco Parque Nacional de 19.804 kilómetros cuadrados que también es Patrimonio de la Humanidad. Novecientas especies de plantas, 300 clases de pájaros, 75 reptiles entre los que se incluye un gigantesco y peligroso cocodrilo de agua salada, 50 mamíferos locales, 30 anfibios y un sinfín de peces de agua dulce e insectos habitan este territorio junto a los aborígenes que se instalaron aquí hace más de 25.000 años. Las primeras hachas de piedra con filo de la prehistoria se han encontrado aquí y algunos restos arqueológicos pueden competir en antigüedad e importancia con los del sur de Europa. Desde Darwin, la ciudad más multirracial del país, se organizan diversas expediciones al Parque Nacional de Kakadú y también a Ayers Rock, el centro rojo de Australia. El enorme monolito de arenisca roja de nueve kilómetros cuatrocientos metros de circunferencia y trescientos cuarenta metros de altura que ha sido el foco de interrrelaciones religiosas, culturales, territoriales y económicas entre los aborígenes del desierto del Oeste y que se ha convertido en el símbolo turístico del país. Uluru es su auténtico nombre y junto a las tierras circundantes, forma parte del parque nacional del mismo nombre que es a la vez propiedad de los aborigenes y Patrimonio de la Humanidad, aunque se rige por las políticas marcadas desde Camberra. Alrededor de la base de la roca hay cuevas decoradas con pinturas que fueron utilizadas como refugios. No lejos se levanta el conjunto de los Olgas, 36 bóvedas de laderas escarpadas que aparecen como fantásticas formaciones de roca acompañadas de cuevas y barrancos de gran atractivo.

Para olvidar el rigor y el calor del desierto, podemos escaparnos a Tasmania. La pequeña isla, en relación con el gigante del norte, es uno de los últimos lugares del mundo auténticamente salvajes y una quinta parte de su territorio ha sido también declarado Patrimonio de la Humanidad. Aquí pueden encontrarse cordilleras de montañas accidentadas, rios de aguas turbulentas, cuevas que fueron ocupadas tras la última Edad de Hielo, viejos bosques y plantas y animales poco frecuentes. Pero posiblemente  sea la huella colonial del siglo XIX, lo que más atrae al visitante de la isla. Hobart, la capital, es la segunda ciudad del país, fundada sólo 17 años después de Sidney. No muy lejos, de nuevo en la gran isla, nos encontramos con el estado de Victoria con Melbourne como capital y del que ya nos hemos ocupado. Nueva Gales del Sur lo dejaremos para el final y Queensland es el que ofrece más variedades paisajísticas, por los que deberemos dejar nuestra lujosa y relajante isla para recorrer sus caminos. 

Queensland, del duro desierto al relajante trópico. 

Cairns es la capital turística del estado más turístico de Australia, que ocupa casi una cuarta parte de su territorio. El clima tropical, la existencia de paisajes próximos atractivos y sobre todo la presencia frente a sus costas de la Gran Barrera de Coral convierten a las costas de Queensland en el destino deseado por las gentes que quieren descansar y dorarse bajo el sol de sus playas. Los ricos asiáticos del norte, se prodigan en lo que podríamos denominar el hawaii o la florida del hemisferio sur, y destacan sobre los occidentales venidos de "del otro lado del mundo" y los propios australianos que están de vacaciones.

No faltan atractivos alrededor de Cairns. Desde viejas posadas ubicadas en silvestres montañas de bosques tropicales como el Silky Oaks, hasta antiguos centros mineros rodeados de bosques pluviales como Kuranda. Se puede llegar a esta pintoresca población mediante un tren turístico regular que lo comunica con Cairns y que permite contemplar un atractivo paisaje desde sus vetustos vagones. Hoy Kuranda ha restaurado sus viejas casas y almacenes conviertiéndolas en galerías de arte y tiendas de artesanía, que hacen la delicias de los visitantes tras presenciar el espectáculo ofrecido por el conjunto de danza aborigen Tjapukai. No muy lejos se encuentra el Santuario Australiano de Mariposas de Kuranda, la reserva de mariposas más grande del mundo, según reconoce el libro Guinness de los récords. La nave principal consiste en una enorme estructura de aluminio y cristal que permite una capacidad de vuelo de 3.670 metros cúbicos. La construcción carece de entramados y pilares para sostener un tejado situado a una media de nueve metros de altura. La razón fundamental para la construcción de este gigantesco recinto fué el asegurar la adaptación en cautividad de las dos especies de mariposas australianas más espectaculares, las llamadas "Ulysses" y las "Cairns Birdwing". El rio Barron nos permitió practicar el rafting rodeados de una salvaje vegetación, mientras que el Wild World facilitó la contemplación del mimoso sueño de los koalas, agazapados durante el día entre las ramas de los eucaliptus. A una hora de distancia de Cairns se halla Port Douglas, puerto repleto de yates de lujo, galerías de arte y restaurantes refinados. Un contrapunto placentero a la región del "Outback". 

"Outback", el estereotipo. 

Fuera de las grandes áreas habitadas que salpican las costas australianas se encuentra un interior rico pero hostil. Grandes espacios abiertos, distancias que parecen infinitas, y el polvo como compañero inseparable, son algunas de las características de estas tierras habitadas por gentes cuyo entorno ha forjado un carácter muy peculiar. Pequeños pueblos y grandes granjas ganaderas se suceden a través de las solitarias rutas transitadas de vez en cuando por grandes camiones de transporte, coches de las gentes de la región que vuelven de la ciudad, y trotamundos motorizados en busca de aventuras. Los pubs y la cerveza son los auténticos protagonistas de la vida social en los pueblos, cuando se cuentan increibles historias de la lucha entre la naturaleza y el ser humano. Y entre medio los colores ocres del "bush", salpicados de altos hormigueros que se alzan desde el suelo, flanquean la infinita línea recta del asfalto que dirige la mirada del viajero hacia el horizonte inalcanzable. Es un magnífica ocasión para escuchar en el radiocassete el himno nacional popular del país, que narra la historia de un trabajador rural itinerante que viaja con la única compañía de su vieja bolsa a la que ha bautizado con el nombre de Matilda, covertida en su fiel compañera bajo el cielo estrellado del desierto. 

Nueva Gales del Sur, el estilo de vida.  

Llegar por primera vez a Sidney una tarde de sábado o domingo representa quedarse boquiabierto ante el estilo de vida de buena parte de su población, al contemplar la bahía de Port Jackson totalmente abarratodada de veleros multicolores que regresan de un día de navegación en el mar. Los embotellamientos habituales en las grandes ciudades europeas tras el fin de semana, tienen aquí su paralelismo en el regreso a casa de las familias medias de la ciudad, que lejos de las aglomeraciones motorizadas del "week end", prefiere la brisa marina y la sensación de libertad que supone el avanzar sobre las aguas empujado por el viento. Las poblaciones de los alrededores están plagadas de pequeños puertos  capaces de acoger a veleros y yates de todos los tamaños y el clima favorece el empleo del fin de semana en el arte de la navegación, interpretada por aquí como una mezcla entre deporte, relax y vida familiar. Poblaciones como Palm Beach o Manly, fueron antes afamados lugares de veraneo de los acaudalados habitantes de Sidney, pero hoy, con la facilidad de las infaestructuras y la rapidez de los transportes, son prácticamente extensiones de lo que en Europa llamaríamos la gran metrópoli. Las playas de arena se combinan con olas capaces de hacer las delicias de los jóvenes surfistas convertidos en el ejemplo del moderno joven australiano. Y si hay un mérito que otorgar a la capital de Nueva Gales del Sur, es que ha sabido aunar como ninguna otra las exigencias y necesidades de su vida económica con el bienestar de sus habitantes. Aparte de los rascacielos situados en el centro y las industrias instaladas en el oeste y sudeste de la ciudad, el resto de la urbe está plagado de zonas residenciales con un alto grado de habitabilidad, inspirada en la tradición británica pero combinada con el espacio y el clima de estas latitudes.  Y es que en algunas zonas de la gran bahía, hay mansiones impresionantes por su amplitud, diseño y situación, pero en general todo el conjunto urbanístico posee una armonía envidiable por la práctica totalidad de las ciudades de la tierra. Como siempre, hay excepciones que confirman la regla, y el pequeño barrio habitado por aborígenes es un ejemplo, pero en general Sidney es una ciudad donde da gusto vivir y por supuesto visitar.  

La casa de la Opera y el Puente de la Bahía son las dos construcciones humanas que se alzan como símbolos urbanos, a los que hay que añadir la torre del Centre Point y el viejo barrio de las Rocas, "The Rocks", magníficamente restaurado y lugar donde comenzó la historia de Australia para el mundo occidental. 

En Mayo de 1787, la primera flota "First Fleet" zarpó, con 11 barcos bajo el mando del capitán Arthur Phillip, desde Inglaterra con la intención de poblar Australia, una tierra que antes sólo había acaparado la atención de geógrafos y navegantes. El 18 de Enero del año siguiente llegaron un total de 1.530 personas de las que 736 eran presidiarios y 211 guardias. Junto a un puñado de oficiales y personal civil, levantaron tiendas y refugios en la bahía Botany, trasladándose ocho días más tarde a Port Jackson, lo que hoy es "The Rocks". Tras años de hambre, revueltas de convictos y disputas entre las autoridades civiles y militares, se empezaron a construir almacenes y otros edificos. La nueva ciudad empezó a despuntar cuando se consiguió encontrar una ruta para atravesar las Montañas Azules, que interrumpían las comunicaciones con el interior de un territorio rico en todo tipo de recursos naturales y provocaban la dependencia total de Inglaterra. La época victoriana significó un salto de gigante y la construcción de edificos embellecieron la ciudad, que desplazó su centro hacia el sur, un poco más alejado del mar. The Rocks perdió importancia convirtiéndose poco a poco en un barrio modesto. Sin embargo hace algunos años se iniciaron profundos trabajos de restauración que lo han convertido en una zona histórica recuperada repleta de galerías de arte, tiendas y restaurantes y por tanto animada tanto por los turistas que visitan la ciudad, como por sus propios habitantes. 

Los primeros también van a la Casa de la Opera, para fotografiarse junto al edificio más famoso de toda Australia. Los segundos sólo cuando hay concierto en el auditorio que tiene una capacidad para 1.550 personas o participan en algún acto en la sala principal de 1.700 asientos o en alguna de las numerosas salas contiguas. El "Circular Quay" es la zona más concurrida, pués aquí se toman los ferrys o taxis acuáticos hacia cualquier lugar de la bahía. Para contemplar desde el aire toda la ciudad conviene subir a los miradores de la Centrepoint Tower, que con sus 304 metros de altura domina la hermosa urbe. Hyde Park, Moore Park y los Reales Jardines Botánicos son las zonas verdes más importantes, cuyos paseos pueden alternarse con la visita a edificios como el Strand Arcade, el Queen Victoria Building, la Royal Mint, las compras en las modernas tiendas del centro o en los concurridos mercados callejeros, y los paseos en monorrail que se desliza por algunas de las calles principales, aunque posiblemente sus propios pasos siempre le arrastren hacia la bahía. 

Hoy Sidney todavía celebra su nominación para albergar los Juegos Olímpicos de fin de siglo, con los que a buen seguro logrará asombrar al mundo.  

Como logra asombrar este inmenso país al visitante, que tiene la posibilidad de descubrir a cada paso una tierra diferente con una personalidad muy arraigada. La luz austral, el enorme espacio alejado durante años de lo que denominamos "civilización", y la variedad paisajística provocada por su enorme extensión, se combinan hoy con unas modernas infraestructuras, un carácter cosmopolita y un pronunciado amor a la naturaleza, que lo convierten en un combinado único y tremendamente atractivo. La lejanía es capaz de aumentar su magia y la inmensidad de su territorio lo hacen inabarcable, aunque representan un reto para recorrer sus largos pero fecundos senderos.

NUEVA ZELANDA: Belleza en las antípodas

Colinas onduladas como en Inglaterra, fiordos como en Noruega, Alpes como en Suiza, geíseres como en Islandia... Nueva Zelanda se extiende en la lejanía como un compendio paisajístico único capaz de embriagar al visitante por su belleza. Justo en nuestras antípodas, a dos mil kilómetros de distancia de su vecino australiano y en pleno Pacífico Sur, se alzan dos islas que se prolongan a lo largo de más de mil seiscientos kilómetros, con una variedad de climas que van desde las regiones subtropicales  del norte hasta las nieves eternas de los Alpes del Sur. Seis mil kilómetros de costas, bosques de helechos, glaciares, volcanes, lagos y rios entre cumbres nevadas y una cultura maorí que intenta resistir las influencias de la inmigración anglosajona, son motivos más que suficientes que justifican el largo viaje.

Nueva Zelanda no suele defraudar a sus huéspedes. Es como si con sus múltiples encantos, quisiera agradecer el esfuerzo que generalmente representa llegar hasta su territorio de poco más  de 270.000 kilómetros cuadrados.

 Las dos islas, son conocidas por los europeos desde hace relativamente muy poco. En 1642, el navegante holandés Abel Janszoon Tasman alcanzó el meridiano 49 de latitud en busca del lejano continente meridional, la "Terra Australis Incognita" que a lo largo de los siglos aparecía en los mapas como una inmensa masa de tierra prácticamente inalcanzable. Primero descubrió la actual Tasmania y el 13 de diciembre avistó nuevamente tierra, convencido de haber hallado la costa austral. Se trataba, sin embargo, de las costas neozelandesas, que quedaron en el olvido hasta que en 1769 James Cook redescubriera el territorio y pusiese el pie en lo que los habitantes maoríes llamaban Aotearoa, o "el país de la larga nube blanca". Hacía mucho tiempo que estos lo poblaron procedentes de la polinesia a bordo de sus frágiles canoas. 

Los europeos fueron llegando por oleadas. Primero cazadores de ballenas, después colonos y comerciantes, más tarde los  misioneros. El intercambio pacífico del principio se convirtió en confrontación posterior, aunque en 1840 algunos representantes británicos convencieron a los jefes locales para firmar un  tratado por el cual Gran Bretaña obtenía la soberanía sobre la isla del Norte. Para la población blanca el tratado de Waitangi representa el nacimiento de la nación. Para los maoríes, su mayor derrota histórica. Sin embargo, la población autóctona no fué tan drásticamente diezmada como en el caso australiano y hoy convive desarrollando labores diseminada a lo largo de todo el  país.

Cuando el viajero llega al aeropuerto internacional de Auckland, empieza a descubrir una ciudad moderna donde contrastan los rascacielos de su zona comercial con las extensas agrupaciones de casas unifamiliares de los barrios periféricos. Zonas residenciales que denotan el alto nivel de vida de sus habitantes. La capital económica y ciudad más poblada del país, con un total de 850.000 almas, fué hasta 1865 también centro político, pero su situación geográficamente periférica aconsejó desplazar la capitalidad hacia Wellington, más centrada repecto a todo el territorio. 

Entre ambas ciudades se extienden los mayores atractivos de la isla del norte, que pueden perfectamente visitarse mediante coche de alquiler, gracias al buen estado de las carreteras y servicios que se encuentran en la ruta. La primera parada obligatoria es Rotorua, primer centro termal del país y capital de una extensa región forestal y agrícola situada en torno a la llamada Bahía de la Abundancia. La zona es famosa por sus truchas, por la cría de ganado ovino y vacuno pero sobre todo por la reserva termal de Whakarewarewa, con profusión de geíseres y otras manifestaciones geotérmicas y por el Maorí Arts and Crafts Institute, una réplica de un poblado maorí, que muestra la forma de vida tradicional de la población autóctona.

Cerca de la población de Turangi, se extiende el Parque Nacional de Tongariro, constituido a iniciativa de los maoríes, por considerar a la región como morada de sus dioses. Aquí se encuentran cumbres volcánicas activas como el Monte que da nombre al parque, con 1.968 metros de altura sobre el nivel del mar, el Monte Ruapehu con 2797 metros y el Monte Ngauruhoe con 2291 metros. El lago Tapu y el Egmont National Park constituyen junto a la capital los otros puntos de máximo interés de la isla del norte.

 Desde Wellington hay que embarcarse en un ferry para atravesar el estrecho de Cook y alcanzar la isla del sur. Más grande, más fría, más montañosa, más salvaje, más espectacular. Aquí el hombre queda minimizado por la naturaleza. Los frios antárticos hacen el clima más duro, pero relieve y climatología han conformado a lo largo de los tiempos un paisaje excepcional.

Apenas habiendo recorrido unos kilómetros por la carretera principal, es fácil encontrar alguna cerca con una treintena de vacas junto a la que se halla un coche y una avioneta. Porque  si una cosa llama la atención es la movilidad de los neozelandeses para desplazarse por su territorio. Avionetas y helicópteros son utilizados por los ganaderos para agrupar las reses, por los esquiadores para alcanzar cumbres y glaciares, y por buena parte de turistas para contemplar los múltiples paisajes en toda su belleza a vista de pájaro. Las distancias, el relieve y la capacidad económica, han convertido a lo que en Europa parecería una excentricidad elitista, en los más lógico y cotidiano. Si además añadimos que las combinaciones de servicios turísticos con autocares, travesías lacustres y excursiones en barco por los fiordos funcionan perfectamente, es fácil comprender por qué Nueva Zelanda se presenta como un paraíso para el recién llegado en viaje de placer. Quizás no lo es tanto para el propio neozelandés, que en su juventud busca nuevos horizontes. En 1990 fueron 56.000 los que abandonaron las islas en busca de dinero y carrera. Probablemente los tres millones trescientos mil conciudadanos, ocho millones de vacas y los setenta millones de ovejas no resulten compañía suficiente para su evolución profesional, pero sin duda los grandes espacios abiertos y el hecho que el turismo no está masificado, contribuyen a la satisfacción del recién llegado.

Christchurch, es la tercera población del país y la más importante de la isla del sur. Siempre se ha dicho que es la más inglesa de las ciudades neozelandesas. Su catedral se levanta como símbolo de la urbe, que respira un ambiente altamente conservador en un entorno apacible. Pero la mayoría de los turistas se desplazan hasta Queenstown, no si antes realizar un parada en el Parque Nacional del Monte Cook y los glaciares.

Situada entre las laderas de los montes y el lago Wakatipu, Queenstown es el punto de partida para realizar diversas excursiones por toda la región. Desde un relajante crucero en un viejo barco del vapor, el Earnslaw, hasta excitantes descensos en lanchas rápidas como el Jetboat. Desde recorridos por el Parque Nacional de Fiorland, entre los que destacan los fiordos de Milford y Doubtful, hasta sobrevuelos en helicóptero entre cumbres y valles.

 Routeburn Track: Rumbo hacia Fiorland 

La selva pluvial, el reino de los helechos árboreos, los líquenes y los fabulosos bosques cubiertos de musgo a través de un espectacular paisaje alpino se pueden admirar recorriendo el Routeburn Track, un sendero de treinta y nueve kilómetros de longitud que une el Parque Nacional del Monte Aspiring con el Parque Nacional de la Tierra de los Fiordos. Doce horas de caminata acompañada por la niebla, que en pocas ocasiones despeja, permiten observar un mundo fantasmagórico alejado de todo tipo de civilización. Valles y montañas están ahí, pero dificilmente se ven. Los maoríes realizaban complicadas expediciones hacia la zona en busca de piedras de jade. Puentes colgantes, cascadas y helechos gigantes se suceden antes de llegar a The Divide, donde el mundo vuelve a ser mundo, y se debe emprender rumbo hacia Milford Sound, el más imponente de los fiordos de la costa occidental. Aunque su más directo rival, el Doubtful Sound, no se queda corto. En ambos casos, su navegación resulta una experiencia bellamente relajante.

El Monte Cook, con sus 3.764 metros sobre el nivel del mar, preside desde sus nieves eternas toda la isla del sur. Los parques naturales contrastan con los cauces de los rios que en dirección sudeste hacen el terreno más habitable. Un combinadotremendamente bello en su profunda lejanía.

Los MARES DEL SUR, entre el relax y la lejanía

Lejos de ninguna parte, al otro lado del mundo se extienden los Mares del Sur. Fidji, Samoa Occidental o las Islas Cook, representan magníficas posibilidades para disfrutar de la transparencia de sus aguas y el exotismo de sus playas.

Fidji es un archipiélago formado por unas 330 islas y situado en una zona de transición entre Polinesia y Melanesia. Sus habitantes autóctonos muestran el color oscuro de piel y el pelo de los melanesios, pero con las costumbres y ceremonias tradicionales de Polinesia. El rey Cakobau cedió la soberanía en el año 1874 a Gran Bretaña, que la mantuvo hasta la independencia en 1970. Las extensión de plantaciones de azúcar motivaron a los ingleses a traer mano de obra india, lo que explica la importancia de este grupo étnico en el archipiélago.

El turismo se ha desarrollado fuertemente en los últimos años, sobre todo en el grupo de islas de Mamanutha, situadas frente a la costa oriental de la isla de Viti Levu, la mayor del país. Destaca el aeropuerto de Nadi, auténtica puerta de entrada y lugar de escala de vuelos internacionales procedentes de América del Norte, Asia, Australia, Nueva Zelanda, y otros países del Pacífico Sur como Tuvalu, Vanuatu, Islas Salomón, Tonga y Samoa Occidental. En la costa oriental encontramos Suva, que con una población que ronda los 175.000 habitantes, ostenta la capitalidad y la base de la industria y el comercio. Si se quiere dar la vuelta a las isla principal, se puede tomar la Queen's Road por la costa sur, también llamada del coral, con una distancia entre ambas ciudades de 188 kilómetros. Una parada obligada requiere Pacific Harbour, cuarenta y nueve kilómetros antes de llegar a la capital, para visitar el Centro Cultural, que muestra danzas tradicionales y la forma de vivir ancestral de los habitantes autóctonos. Regresar por el norte representa tomar la King's Road, una carretera de 289 kilómetros cuyo primer tercio todavía no esta asfaltado. Sin embargo la belleza del paisaje montañoso y las pequeñas poblaciones diseminadas por la ruta justifican el recorrido. Otro de los paisajes espectaculares es el de Nausori Higlands, al sureste de Nadi. Le recomendamos que ascienda a estas tierras altas por la tarde, para contemplar la espectacular puesta de sol con las islas de Mamanutha al frente. 

La segunda isla en extensión, la mitad de la principal y mucho mas tranquila y tradicional, es Vanua Levu. Lambasa es su principal ciudad y la tercera de Fiji en población, aunque ofrece un interés relativo para los visitantes.

Algunas pequeñas islas con resorts de playa son Malololailai, Malolo, Tavarua, Castaway, Mana, Matamanoa, Tokoriki, Navini, Beachcomber, Treasure... etc.

Samoa Occidental: regreso a las raíces de la Polinesia 

Probablemente una de las cosas que más sorprende al visitante de Samoa Occidental, es ver que gran parte de sus habitantes viven en casas abiertas completamente al exterior. Una serie de columnas dispuestas en forma circular, sostienen un techo que resguarda del sol y de la lluvia, y todos los enseres domésticos permanecen a la vista ya que no hay paredes ni puertas que los oculten. Es, sin duda, un ejemplo de la tradicional forma de vida polinesia, que ha sabido mantener aquí uno de sus principios. En la isla de Upolu, se encuentra Apia, la capital, donde hay que visitar la que fuera casa del famoso autor literario Robert Louis Stevenson. La vegetación exuberante de las montañas, las plantaciones de palmeras y algunas playas de arena blanca, constituyen el paisaje habitual de Upolu y de la vecina isla de Savai'i. 

Islas Cook: en memoria del capitán viajero 

Rarotonga es la principal de las Islas Cook, que funcionan como estado independiente pero sus conexiones con Nueva Zelanda les impide tener un asiento en las Naciones Unidas. La capital es Avarua donde llueve muy amenudo. Una de las mejores maneras de recorrer esta pequeña isla es alquilando motocicletas. Hay que visitar el Cook Islands Cultural Village, donde se ofrece espectáculos tradicionales de cultura polinesia y disfrutar de sus playas. La isla de Aitutaki a poco menos de una hora en avión se vanagloria de tener una de las playas más bellas del mundo.

Aviso Legal

No está permitida la reproducción total o parcial de estos textos, ni su tratamiento informático, ni la transmisión de ninguna forma o por cualquier medio, ya sea electrónico, mecánico,  por registro u otros medios, sin el permiso previo y por escrito de los titulares del copyright. 

Si desea ponerse en contacto con nosotros roman@romanhereter.com

 

sitemap