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SIRIA: Tras las huellas de la historia.

Sus ciudades rivalizan por ser las más antiguas del mundo constantemente habitadas. Sus rías se enorgullecen de haber albergado la cuna de la civilización. Sus desiertos de ser lugar de paso de las viejas caravanas de la ruta de la seda, procedente del extremo oriente, y del marfil y los esclavos venidos del africa negra. Sus restos romanos son capaces de dejar boquiabierto al extranjero y sus castillos medievales son un ejemplo de arquitectura militar. Y si muchas civilizaciones han dejado su impronta en esta tierra, el Islam, alcanzó aquí su esplendor y mantiene hoy viva su esencia. Siria no decepciona al visitante. Es uno de esos países deseados por todo viajero amante de la historia. Mediterránea, asiática e islámica a la vez, representa un compendio de cultura milenaria. 

Damasco, Hama y Alepo, son tres ciudades profundamente orgullosas de su pasado. Las tres compiten por ser reconocidas como la ciudad más antigua del mundo que ha permanecido constantemente habitada. Damasco, se benefició de los privilegios de la capitalidad y reivindicó en primer lugar este hito. Más tarde los arqueólogos afirmaron que su gran rival de siempre, la segunda ciudad del país, Alepo, era merecedora de este título. Y últimamente, como los países que crean una nueva capital para no favorecer a ninguna de las eternas ciudades rivales, parece que es Hama, ciudad situada a medio camino entre una y otra, la que primero se fundó y nunca se ha abandonado. Sea como fuere, las tres merecen una visita y hacia las tres dirigiremos nuestros pasos, que se alternarán con otros de los máximos atractivos del país. 

Alepo: el zoco más grande del mundo. 

A pesar de que la ciudad tiene en su ciudadela su imagen más representativa y fotografiada, esconde bajo la sombra de los tejados de su viejo centro, una laberinto de callejuelas que durante siglos han perpetuado su carácter comercial. Situada en un lugar clave en el cruce de las caravanas que unían Europa, Asia y Africa, Alepo creció a ritmo de transacción. Compras, ventas, trueques, hospedajes y representaciones diplomáticas se iban sucediendo a lo largo de los siglos y configurando un entramado urbano creando el que hoy podría considerarse supermercado más grande del mundo. Se habla de 12 kilómetros de zocos cubiertos que acogen a artesanos y comerciantes agrupados por actividades y profesiones. La actividad constante, el trasiego de gente venida de los confines de los tres continentes y la necesidad de dotar a la ciudad de los necesarios servicios públicos han forjado un conjunto medieval único que permanece todavía en plena actividad. Mezquitas, baños públicos, escuelas coránicas, hospitales y asilos se alternan con una cantidad ingente de comercios en la ciudad vieja. Y todo ello bajo un decorado atractivo y uniforme. Las bóvedas, los arcos de medio punto, las ojivas y las cúpulas que marcan la intersección de las calles, bellamente labradas en piedras calcáreas, son una obra maestra de la arquitectura. Las ligeras aberturas dejan pasar los rayos de sol, que iluminan el entorno con una suave luz, pero la robustez de la piedra salvaguarda de la variable temperatura del exterior. Algunos posiblemente recuerden el Gran Bazar de Estambul, pero los habitantes de Alepo están convencidos que sus zocos superan en extensión, belleza y funcionalidad, a los del famoso mercado turco.  

A pesar de todo la ciudadela sirve de punto de referencia cuando se está al aire libre. Una colina que domina la ciudad aparece coronada por una muralla almenada y guarnecida de torres. Se dice que el mismo Abraham acampó aquí, en el lugar donde mucho antes existía ya una fortaleza. Un conglomerado de restos arqueológicos se amalgama en el interior de las murallas. Ruinas de una iglesia bizantina... un zócalo de un templo sirio-heteo... vestigios de una gran mezquita de minarete cuadrado... una prisión con mazmorras cavadas en la roca... cisternas gigantes y enormes silos para grano que aseguraban la manutención de las guarniciones en caso de sitio... Pero lo que más impresiona es la puerta de acceso. Robusta, pero exquisita a la vez. Austera y hermosa. Una rampa conduce al castillo cuyo camino en forma de zig-zag,  sus cinco puertas blindadas aseguraban una defensa práctica y contundente durante siglos, aunque no pudieron contra dos asedios mogoles y algunos seismos implacables. Desde lo alto de las torres se obtiene una magnífica panorámica de todo el conglomerado urbano y se observa el crecimiento de la ciudad, que recibió una gran cantidad de armenios a principos de siglo y que no ha parado de crecer hasta nuestros días.  

No muy lejos de Alepo se encuentran las ruinas del monasterio de San Simeón (Qalaat Sammaan), auténtico predecesor arquitectónico en cinco siglos del arte románico europeo. Un magnífico ejemplo de arte sirio preislámico en el que cuatro basílicas dispuestas en forma de cruz confluyen en una especie de plaza octogonal cubierta por una cúpula, en el centro de la cual se levantaba un pilar sagrado. Dicen que sobre él, un hombre llamado Simeón, pastor venido del norte de Siria que se hizo monje a raíz de un sueño, se pasó 42 años, "bajo el ardor del sol, el rigor del frío y los vientos de la montaña". De esta forma demostraba su desprendimiento del mundo y su fe en Dios. Durante los siglos posteriores cantidades ingentes de peregrinos acudían a contemplar el famoso pilar, alrededor del cual se construyó posteriormente el monasterio, ahora ya en ruinas. Una vista excepcional de todo el entorno se obtiene sobre el promontorio, desde el que se pueden entrever algunas de las ciudades "muertas", habitadas en otra época y finalmente abandonadas. 

Alepo es el tradicional punto de entrada de los europeos que llegan a Siria por tierra, a través de la frontera turca. Muchos de ellos se hospedan en el hotel Baron. Un clásico de principios de siglo, construido por un armenio, que fue según reza un cartel publicitario "el hotel más lujoso del medio oriente". Hoy ha perdido con creces dicho rango, pero todavía conserva ese sabor de otra época capaz de agradar al viajero romántico. A partir de aquí la mayoría continuarán hacia el sur por la costa, mientras algunos pocos tomarán el camino del desierto en busca del gran pulmón del norte del país: las riberas del Eúfrates.  

Río fuente de vida. 

Procedente de Anatolia, el Eúfrates, ha sido junto al Tigris, protagonista del nacimiento de las civilizaciones. Navegable antaño, ha servido de vehículo de comunicación entre pueblos y en sus orillas se han construido múltiples fortalezas para cobrar peajes a los comerciantes que por el transitaban. Hoy, tras la construcción de la presa Al-Thaura (la revolución), se asegura la irrigación de amplias áreas agrícolas, se evitan las antaño temibles crecidas y se producen cantidades ingentes de energía eléctrica, por lo que el río ha perdido parte de su original fisonomía. Sin embargo recorrer parte de su trayecto permite darse cuenta de la vital importancia de antaño y en el presente.

La presa mide cuatro kilómetros y medio de largo, 60 metros de alto, 512 metros de ancho en la base y permite almacenar 12 mil millones de metros cúbicos de agua, en un embalse Al-Assad, que tiene 80 kilómetros de longitud. Las nuevas aldeas, adaptadas al entorno, se suceden junto a antiguos poblados beduinos, viejas fortalezas medievales y zonas agrícolas bordeadas por el desierto.

La fortaleza de Qalaat Jabar, salvada de perecer bajo los aguas, y los castillos de Halabiye y Zalabiye, perpetúan los tiempos medievales, mientras que las ruinas de Mari y Douras Europos se remontan a los albores de la historia. Pero hay que abandonar el curso fluvial y penetrar en el desierto para llegar a Palmira, sin duda uno de los máximos exponentes de la arqueología Siria.  

Palmira: Oasis del desierto, sinfonía pétrea. 

A ciento cincuenta kilómetros del Valle del Oronte, beneficiado por la brisa mediterránea, a doscientos kilómetros de las fértiles orillas del Eufrates, flanqueada a norte y sur por zonas pedregosas y rodeada completamente por el desierto, nació, creció y se hizo temer una ciudad capaz de dejar boquiabierto al actual amante de la arqueología, maravillar al viajero de otros tiempos y hacer palidecer a los ejércitos invasores.

Un manantial subterráneo brotando del último pliegue de la cadena del Ante Líbano provoca la existencia de un oasis donde se cultivan olivares y palmeras datileras y se cosechan algodón y cereales justo, en el lugar por el que tenían que pasar las caravanas que querían utilizar el itinerario más corto entre el Mediterráneo y el Indico y las que siguiendo el camino terrestre de la Ruta de la Seda, atravesaban el Tigris a la altura de Seleucia, en la antigua Babilonia. 

Palmira, la ciudad de las palmeras en latín, o Tadmor, la ciudad de los dátiles, se encuentra ya citada en las tablillas, diecinueve siglos antes de Cristo. Aquí se hablaba arameo, cuya población era completada por árabes de origen nabateo. Con la llegada de los romanos la ciudad se ve embellecida, gracias a los impuestos cobrados y al alquiler de camelleros locales a las legiones. Adriano que visitó Palmira en el año 129, abandonando los sueños de conquista de sus predecesores, le concede el estatuto de "ciudad libre", con la intención de colocar un estado amortiguador entre su imperio y el persa. Su competidora, Petra entra en decadencia. Más tarde Caracalla la proclama Colonia Romana, lo que le exime de pagar impuestos, mientras cobra muchos y el lujo y la ostentación aparece por todos los recodos de la urbe. En el siglo III, Roma soporta varias guerras y el comercio entre el Este y el Oeste decae. Entonces Palmira pasa de república de comerciantes gobernada por un Senado a la de reino, con lo que llegan los deseos expansionistas y algunas victorias frente a los Persas. En el año 267 el rey Odeinat y su hijo, heredero al trono, son misteriosamente asesinados. Todo apunta a que la responsable es Zenobia, segunda esposa del rey y madre de un hijo pequeño. En el año 270, la nueva reina, de excepcional carácter y ambición personal desenfrenada, que pretende descender de Cleopatra, toma posesión de toda Siria, conquista el Bajo Egipto y lanza a sus ejércitos a través de la península de Anatolia hasta el Bósforo. Aprovechando los problemas de Aureliano en Germania, Zenobia y su hijo se proclaman "Augustos", acuñando moneda con este título y reivindicando el imperio. El emperador retira sus tropas del frente norte y vence a las tropas de Zenobia en Homs, conquista Palmira y captura a la reina en otoño del año 272, trasladándola a Roma como trofeo de guerra. Morirá en su exilio dorado poco después. La ciudad arrasada y entregada al pillaje se convirtió en una fortaleza de las legiones romanas en Siria y nunca jamás recuperó su antiguo esplendor. Alepo primero y Damasco después, le arrebataron su viejo protagonismo, hasta que en 1751 dos viajeros ingleses visitan Palmira y descubren su magnificencia olvidada. La impresionante avenida de columnas que supera el kilómetro de longitud, el teatro, el Gran Templo de Bel, el arco de triunfo y el valle de las tumbas son sólo los puntos álgidos de seis kilómetros cuadrados de ruinas, presididas desde la cumbre por el castillo árabe. Hay que hacer abstracción en el tiempo e imaginarse la ciudad en todo su esplendor, brotando en medio del desierto con el ir y venir constante de caravanas. Imaginarse en medio de la gran columnata. Una calzada de 11 metros de ancho bordeada por dos calles laterales anteriormente cubiertas de 6 metros de anchura cada una. Cientos de columnas de 95 centímetros de diámetro con una altura diez veces superior, 9,50 metros con unas repisas salientes que soportaban estatuas de personalidades, de las que sólo queda una que se ha vuelto a colocar en su sitio.   

Telas de algodón, plantas y piedras preciosas de la India, sedas y pieles de China, incienso de Arabia, cristalerías y vajillas de Fenicia. Corrientes comerciales que a lo largo de los siglos iban y venían a través de desiertos y mares, cumbres y rías, a lo largo de largas jornadas de viaje que en ocasiones tenían hermosas recompensas, como la de llegar al verde oasis de Palmira y contemplar al atardecer, el maravilloso ocre de sus bellas construcciones. 

Pero hay que abandonar el desierto para dirigirse hacia la costa. Allí la antigüedad y el clasicismo dejan paso al medievo y a las cruzadas. Guerras de religión, combates para recuperar los santos lugares: Crac de los Caballeros. El castillo por excelencia. Construido donde se encontraba un viejo fuerte kurdo (de ahí viene su nombre) se levanta, allí donde la siria de las mesetas comunica con el mundo mediterráneo, la más famosa de las fortalezas cruzadas. Siglos XI, XII, XIII... Las piedras representan una lección de defensa militar medieval, una historia de cercos, resistencia al invasor, ataques y defensa. Muros, fosos, torres, almenas, caballerizas y depósitos de grano y agua. Un conjunto único que significa un magnífico preámbulo a la visita del litoral mediterráneo. Con poblaciones como Tartus, la antigua Tortosa y su magnífica isla de Arouad, donde sólo se puede acceder en barca y no hay coches en sus calles, o Lattakia, el primer puerto del país y orgullo del turismo sirio. 

En el interior, al que se llega coronando unas montañas cubiertas de bosques, cabe destacar Apamée, helénica y romana, no tan conocida como Palmira, pero con una columnata que sorprende por su longitud y por algunas de sus columnas estriadas. El valle del Oronte, la fértil región agrícola de El Ghab y Hama, con sus magníficas norias que en número de diez elevan desde el siglo XIV unos metros las aguas del río para hacerla llegar a los puntos neurálgicos de la ciudad y sus alrededores. 

Una breve parada en Malula, la pequeña población azulada habitada por sirios cristianos precederá a la llegada a Damasco. 

Damasco: La capital de los Omeyas 

Hace 5.000 años que Damasco era ya una ciudad relevante. Capital persa, centro griego, ciudad romana. Decadencia bizantina, renacer islámico. Saqueada por los mongoles, deteriorada por los mamelucos y los otomanos.

La dinastía de los Omeyas, en los principios del Islam convirtió Damasco en el centro político, cultural y religioso de la nueva fe. Los cruzados jamás consiguieron sitiar la ciudad. El califa Al Walid, construyó en el año 708 la gran mezquita donde primero existía un templo pagano y luego una iglesia bizantina. A pesar del tráfico intenso y del bullicio constante, el viejo Damasco todavía conserva este ambiente de otra época. Los comerciantes  y artesanos se agruparon a lo largo de los siglos en torno a la Gran Mezquita de los Omeyas, que sobrevivió a la reestructuración urbanística del siglo XIII. La entrada natural al viejo centro es el mercado Al-Mamidieh, una zona peatonal cubierta repleta de tiendas, que recuerda los zocos de la vieja Alepo. Cuando vuelve la luz natural y el caminante mira al cielo, las columnas corintias del templo de Júpiter y los minaretes de la gran mezquita fijan su mirada. Y a su alrededor, talleres, madrasas, minaretes de otras mezquitas menores, algunas iglesias cristianas, los restos de la casa de Pablo, tiendas, zocos y albergues para caravanas... Damasco. Y en su interior, columnas y alfombras, mosaicos bizantinos y fieles orando hacia La Meca...  el Islam. 

También, pero en su facción chiíta, el Islam posee un lugar sagrado en las afueras de Damasco. Se trata de la tumba de Saiyida Zenab, un mausoleo ostentoso con espectaculares lámparas de cristal, cerámicas azuladas, alfombras persas y decoraciones de oro que contrastan con el negro "chador" de las mujeres que acuden al lugar. 

Damasco, nombre mítico, cuarta ciudad sagrada del Islam después de La Meca, Medina y Jerusalén. Compendio de la Siria moderna. Un país cuya posición estratégica lo ha hecho protagonista de buena parte de la historia de la humanidad.

PETRA, la joya del desierto

No fue hasta el año 1812 en que una expedición arqueológica por el desierto de la actual Jordania, descubrió los restos de Petra. El encuentro rescató del olvido una mítica ciudad que ya fue citada en textos bíblicos como la capital de los idomeos y más tarde del pueblo nabateo. Durante muchos siglos, Petra quedó celosamente custodiada por tribus nómadas de beduinos. Entre los llamados "hijos del desierto" existía el convencimiento de que en aquel lugar se encontraban escondidos fabulosos tesoros. Cuando a principios del siglo XX empezaron los trabajos de excavación de sus restos, se pudo comprobar que muchos de los monumentos funerarios habían sido profanados, seguramente a tenor de esta creencia nunca confirmada. Hoy, Petra forma parte de un conjunto de ciudades históricas de gran valor arqueológico i representa el principal atractivo del reino hachemita de Jordania. Por este motivo ha sido restaurada a consciencia y a su alrededor se ha creado una incipiente industria turística. Los beduinos, pueblo independiente y poseedor de una arraigada forma de vida, sonn en la actualidad un elemento más del decorado de Petra. En una demostración evidente de su innata capacidad de adaptación a las circunstancias de cada momento, se les puede encontrar en los alrededores de la antigua ciudad con la intención de vender a los forasteros recuerdos de la región. 

El nombre de Sela, o piedra, que dieron los hebreos a la ciudad, responde al terreno donde fué erigida: un valle cerrado entre escarpadas montañas. Aquí los nabateos instalaron su capital trescientos años antes de la era cristiana. La protección que le proporcionaban las montañas, les permitieron resistir los ataques de los ejércitos macedonios y con el paso del tiempo Petra fué forjando su legendaria condición de ciudad inexpugnable. Después llegó el momento de máximo esplendor económico y cultural, favorecido por un dilatado periódo de coexistencia pacífica con griegos y romanos. Gracias a su situación geográfica, Petra se convirtió en centro de las rutas comerciales que iban desde Arabia hacia el Mar Rojo. Bajo el reinado de Aretas III, la civilización nabatea llegó a abrazar territorios situados al este del Jordán, coincidiendo en el tiempo con la consolidación de una importante ruta de caravanas que atravesaba el desierto. El trayecto comprendía, además de Petra, otras ciudades históricas como Beidha, Mandaba, Amman o Jerash.

La capital de los nabateos conservó su independencia hasta el año 106, en que fué incorporada al Imperio Romano en calidad de provincia. La buena estrella de Petra empezó a apagarse a partir del siglo III con el ascenso de una población rival, Palmira, que se convirtió en el centro de las nuevas rutas del Eúfrates. Tras la invasión musulmana, desapareció de los mapas hasta el siglo XIX, período durante el cual se alimentó una segunda leyenda a su alrededor: la de ciudad perdida.

La forma de llegar al valle donde se encuentra Petra, provoca la primera impresión a sus visitantes. La única vía de acceso es una profunda garganta, llamada -el siq-, que en algunos puntos llega a estrecharse hasta límites inquietantes. Eso convierte a caballos y camellos en el único medio de transporte viable para realizar el trayecto. Todavía hoy se puede contemplar el pavimento que correspondía a la calle principal de la ciudad y el canal que permitía el suministro de agua a la población. 

A un kilómetro escaso de la entrada, se halla el monumento más representativo y bien conservado de la ciudad. Se trata del templo Khazné, dedicado a la diosa Isis que se encuentra totalmente excavado en la pared de la roca. Su fachada de 40 metros de altura presenta diversos elementos que se repiten en la mayoría de las construcciones de la antigua capital nabatea.  

Al final del "siq", y aprovechando una vez el material pétro de sus lados, encontramos el anfiteatro, construido durante los años de la dominación romana con una capacidad aproximada para 3.000 personas repartidas en 33 hileras de asientos. Además de esta obra, los romanos dejaron en Petra un completo repertorio de sus construcciones más típicas. Hoy todavía se observan las ruinas de unos baños, las del antiguo foro, una calle flanqueda por columnas, y un templo construido para albergar la imagen de una divinidad. 

Una vez abandonado el pasillo de entrada, la ciudad se abre rodeada por todas direcciones de montañas donde se ha excavado centenares de tumbas de diferentes estilos y dimensiones. Las más antiguas toman la forma de sencillas y a la vez impresionantes torres rectangulares, mientras que las de épocas posteriores, exiben fachadas de templos y palacios con influencias griegas y romanas. Esta peculiar configuración dada a las construcciones mortuorias, a medio camino entre una tumba propiamente dicha y un hogar, lleva a reflexionar sobre la relación que se había establecido entre los vivos y los difuntos dentro de la sociedad nabatea. Entre las tumbas más conocidas destaca la del "urna", levantada sobre dos pisos y con un pórtico dominado por dos columnas de grandes dimensiones. Sobre su frontón triangular descansa la urna que le da el nombre.

El monumento más grande de todos los que existen en Petra es "El-Deir", conocido también como "el monasterio". Con una fachada de 45 metros de ancho por 42 de altura, es una reproducción casi idéntica del Khazné antes mencionado. La única diferencia, pequeña y considerable al mismo tiempo, consiste en las dos columnas de sección rectangular añadidas a los extremos del pórtico. 

Durante el día, los rayos del sol provocan distintas tonalidades en las montañas rojizas y en los edificios construidos en sus entrañas, incrementando la belleza del lugar. La quietud que se respira en cada rincón de Petra sólo es comparable con la sensación de monumentalidad que ha sabido crear la mano del hombre sobre este paisaje pétreo.

ISRAEL: Tras las huellas de la historia.

Ruinas de la antiguedad, escenarios de la vida de Jesús,monasterios medievales, luchas entre cruzados y turcos y la capital de las tres religiones monoteistas más importantes del planeta, representan razones más que suficientes para visitar Israel. La infraestructura necesaria para la organización de cualquier evento, y la posibilidad de pasar en breves minutos de la aventura en el desierto hasta los baños en las azules aguas del Mediterráneo contribuyen a que si se puede realmente hablar de un país de contrastes, no hay otro como este.        

La moderna Tel Aviv y su antiguo barrio de Yaffo, suelen dar la bienvenida a los recien llegados a Israel. Cesarea con sus ruinas romanas y medievales, Haifa y su monte Carmelo representan aperitivos atractivos antes de llegar a Nazaret, el Mar de la Galilea, Cafarnaum y el Monte de las Buenaventuranzas, escenarios en la Galilea, de la vida de Jesús. La región estaba cubierta hace miles de años por un mar inmenso, hasta que la tierra tembló y se abrió, creándose la depresión del Jordán y formado parte de la gran falla sirio-africana que se prolonga hasta Mozambique. 

Tierra fértil, de amplios campos e inmensos bosques, aguas ricas en pesca y naturaleza exuberante, la Galilea se llena de flores silvestres entre noviembre y abril. Sus colinas se cubren de anémonas, tulipanes, ranúnculos, amapolas y lirios.

Cientos de especies de aves, se detienen en sus viajes migratorios durante el otoño y la primavera, mientras que las acuáticas se pueden observar en cualquier época del año. 

Al sur se encuentra Jericó y la depresión del mar Muerto, junto a las cuevas de Qumeram, donde se encuentraron los famosos manuscritos y Masada, símbolo de la resistencia hebrea. 

Jerusalem: La ciudad Santa. 

Los comienzos de Jerusalem fueron modestos. Los primeros asentamientos aprovecharon un pequeño manantial que corre por el valle de Cedrón Josafat. Unos 3.000 años antes de Cristo, por lo menos una parte de la ciudad de David ya estaba cubierta de casas edificadas.

La ciudad antigua, defendida por una muralla de 12 metros de altura, jalonada por 35 torres defensivas y ocho puertas de acceso ofrece en su interior una abigarrada vida oriental en los bazares junto a los lugares santos de las tres religiones monoteistas más importantes del planeta.

Hoy el Duomo de la Roca se levanta como símbolo de Jerusalem en el centro del Monte del Templo. Se trata de una reliquia del siglo VII construida en forma octogonal para proteger la roca que constituye la cima del Monte del Templo.

Según la tradición judía, adoptada también por los musulmanes, aquí descansó el Arca del Alianza y aquí Abraham se disponía a sacrificar a su hijo Isaac. En este lugar se levantó el templo de Salomón y desde, aquí, dice la fé islámica el profeta Mahoma subió al cielo. A su lado, la mezquita de el Aksa, es la más grande de Jerusalém, y también la más sagrada. En la época cruzada fue utilizada como palacio de los reyes cristianos y luego transferida a la flamante orden de los Caballeros Templarios, o moradores del templo. Sus dimensiones alcanzan los 82 metros de longitud por 55 de anchura y su techo está sostenido por siete filas de columnas. No muy lejos se extiende el barrio cristiano, que junto al armenio, el árabe y el judio completan la ciudad vieja. La vía dolorosa y el santo Sepulcro son los dos puntos que atraen más a los fieles cristianos por cuanto comprenden los lugares relacionados con la muerte de Jesucristo. 

Aunque la Iglesia del Santo Sepulcro se encuentra hoy en el barrio cristiano, tanto el Gólgota o lugar de las ejecuciones como el sepulcro estaban entonces fuera de los muros de la ciudad. Los lugares santos del Gólgota-Calvario y la tumba se mantuvieron vivos en la tradición cristiana a pesar de que en el año 135, cuando Jerusalén se convirtió en la colonia romana Aelia Capitolina, el emperador Adriano ordenó construir un templo a Zeus sobre el Calvario y un altar a Venus sobre el sepulcro.

Los dos se conservaron hasta el año 326, cuando Constantino, el primer emperador cristiano bizantino hizo construir una espaciosa basílica incluyendo ambos lugares. La iglesia, tal como la conocemos hoy, es de la época cruzada, aunque el edificio fué dividido entre seis comunidades cristianas: ortodoxos griegos, armenios, franciscanos, etíopes coptos y sirios jacobitas, que pugnan constantemente por defender sus derechos y si es posible, ampliar su propiedad. 

Lo mismo sucede en Belén, entre los griegos ortodoxos  y los franciscanos, donde desde 1873 en la iglesia de la natividad se tuvo que destacar un policía durante las veinticuatro horas del día para impedir daños y depredaciones entre ambas comunidades. 

El emperador Adriano prohibió a los judios, entrar en Jerusalém. La transformación del Templo en lugar de culto pagano consuma la disolución del estado hebreo y el comienzo de la diáspora, dispersión hacia todos los países del mundo antiguo, donde religión y sinagoga serán símbolo y hogar de la tradición hebrea, mientras que la prosperidad económica y la consciencia de pueblos, provocará rechazos, persecuciones y la expulsión de varios países. 

Hace 700 años, algunos judios volvieron para habitar la sección oeste de la ciudad vieja. El muro occidental, fué reconocido oficialmente como Santo para los judios por Soulimán a comienzos del siglo XVI. Es santificado por esta religión como único remanente del Segundo Templo. La literatura hebraica dice que la presencia de Dios nunca se aparta del Muro Occidental y que el mísmisimo todopoderoso juró que este muro nunca sería destruido.

Viaje por IRAN: Una agradable sorpresa

Referir la monumentalidad de la antigua Persia, no resulta novedad ni para los amantes de las civilizaciones milenarias ni para los conocederores de las joyas del islam. IRAN ofrece en su extenso territorio impresionantes vestigios históricos y refinados palacios y mezquitas, salpicados entre bellos paisajes que van desde las cumbres nevadas hasta los desiertos. Pero cuando se ponen los pies en ellos, un nuevo elemento sorprende al viajero. Se trata de la amabilidad, hospitalidad y cultura de sus habitantes. Un recorrido por Irán constituye una grata sorpresa. 

La mayor parte de IRAN se extiende en una gran meseta seca cuyas alturas oscilan entre los 1.000 y 1.500 metros sobre el nivel del mar, en una zona propensa a los seísmos. El norte está limitado por las montañas Elburuz, cuyo pico más alto el Damavand situado a escasos kilómetros de la capital, alcanza los 5.500 metros de altura. La parte este de la meseta es un desierto deshabitado. 

Teherán no destaca precisamente por ser una ciudad monumental, sino más bien un gran mercado que además rige buena parte de los destinos del país, entre la falta de planificación urbanística y una polución acumulada por el intenso tráfico que puede hacer interminables los traslados entre las distintas zonas de la ciudad.  

La capital del Irán es una ciudad muy moderna, populosa, pero está llena de rincones y perspectivas fascinantes. Asetada en las faldas y las estribaciones de la cadena montañosa del Elburz, la mole nevada de las montañas que se hacen inmediatas le presta a la ciudad amaneceres de difícil olvido. La obligada pendiente de su topografía ha ido creando también enormes avenidas dotadas de arbolado denso, umbrío y extraordinariamente alto.  

Si las gentes de muchos y distintos del Irán que pululan por las calles de Teherán no son suficiente motivo de asombro, la ciudad cuenta con sitios de imprescindible visita, como el Museo de Orfebrería y Joyas del Banco Melli, donde se conservan las joyas de coronación y el trono del Pavo Real, los museos de Tapices y Artes Decorativas, el Museo de Arte Moderno, el excelente Museo Arqueológico y el escondido pero bellísimo museo de Vidrio y Cerámica. Y, cómo no, el bazar, un gran centro de comercio y artesanía en el que se encuentra lo mejor de la excelente artesanía de Oriente. 

Al sur de Teherán se encuentra Qom, las ciudad de los mullahs, donde se pueden ver más turbantes que en ninguna otra región. Siempre fue un importante enclave del chiísmo y hoy constituye tanto un centro de peregrinación como reducto espiritual de fin de semana para los líderes religiosos de la capital así como lugar de educación religiosa. 

Ispahan, más al sur, es capital de la provincia del mismo nombre y concentra la mayor acumulación de monumentos islámicos de Irán, la mayoría de ellos levantados en la época de Shah Abbas, a finales del siglo XVI y principios del XVII. Los azules y frescos mosaicos de la ciudad contrastan con la seca campiña que la rodea, aumentando su valor y levantándose como un oasis de frescor, cultura y una relativa tolerancia muy agradables.

La plaza de Maidan-e Imam es una de las más bellas del mundo. En su lado sur se levanta la Masjid-e Imam, mezquita totalmente revestida en el interior y el exterior por los mosaicos azules que simbolizan a la ciudad. Su construcción duró 18 años finalizándose en 1629. La más pequeña de Sheikh Lotfollah, levantada para uso familiar, el palacio de Kakhe-e Ali Qapu, que hasta tenía una cancha de polo en su centro, y el Bazar de Qaisariyeh, completan el perímetro de la gran plaza.  

Algo más alejados, el pabellón Chehel Soton, famoso por sus columnas, la mezquita del viernes y los 43 minaretes que quedan en pie, algunos pertenecientes a mezquitas que ya no existen, configuran los ejes monumentales de esta perla iraní. 

Se dice que Isfahán es la ciudad más bella del Irán y una de las más hermosas del mundo. Y se dice verdad. No sólo por sus monumentos -muchos de ellos en obra cuando visitara la ciudad, don García de Silva, embajador de Felipe III-, sino también por el paisaje que la rodea y en el que la ciudad está inmersa. La visita debe comenzar por la inmensa plaza de Maidán donde pasearan solos el sha y el embajador, luego las mezquitas de Sayj Lutfalllah y la grandiosa Real, en la misma plaza, cuya arquitectura y decoración resisten por su belleza cualquier descripción. Monumentos sólo para visitar y consevar en el corazón.

También en Isfahán asombra el palacio de Alí-Qapu, en la misma plaza Maidán, el cercano de Cihil Sutun y sus jardines o el puente de Jwayu, donde el embajador español de Felipe III, García de Silva, fuera testigo de fiestas y juegos que le admiraron durante el siglo XVII. Tampoco debe omitirse la visita a la catedral armenia de Yulfa, en cuyo patio encontraron cobijo los restos mortales del legendario Claudius James Rich. Y, naturalmente, en Isfahán hay que conocer el bazar y su artesanía, pues dicen lo entendidos que aquí precisamente, y no en Teherán, se encuentra lo mejor de lo mejor. Que cada uno juzgue por sí mismo la belleza y las ocasiones.  

La región de Fars es la que ocupa el sur del país. Foco de grandes imperios, es donde se originó el farsi, la lengua persa. Shiraz, la capital de la provincia, fue capital de varias dinastías islámicas y centro de artesanía. Dos de los más grandes poetas del país: Hafez y Saadi, nacieron y murieron aquí y hoy sus mausoleos son muy visitados. La mezquita del viernes, cuya construcción se inició en el siglo IX es uno de los edificios islámicos más antiguos de la ciudad. La nueva mezquita, del siglo XIII, es la más grande de IRAN. 

Muy anteriores son los restos arqueológicos de Persépolis, el vasto y majestuoso complejo cuya construcción fue ordenada en el año 521 antes de Cristo por Darío el Grande. Situada a solo 57 kilómetros de Shiraz, estaba rodeada por una muralla de dieciocho metros de altura, pero en el 323 antes de Cristo las tropas de Alejandro Magno la redujeron a cenizas. Las cuatro escalinatas de la gran escalera, único acceso a la ciudad, conducían al portal de Jerjes, una de cuyas entradas está flanqueada por dos toros de piedra de siete metros de altura.

Las audiencias se celebraban en el Apadana, una sala con techo sostenido por 36 columnas de piedra de veinte metros de altura. Pero lo que sin duda más llama la atención son los trescientos metros de bajorrelieves que representan por un lado el "desfile de las naciones", con una procesión de personas y animales llevando tributos al rey persa, y del otro "los inmortales" la guardia palaciega que alcanzaba los 10.000 hombres. Los palacios de Dario, de Jerjes, de Artajerjes y algunas salas de columnas completan el recorrido. 

Si la peregrinación buscaba el encuentro con el espíritu de Zaratustra en la noche de Persépolis, forzoso será volver hasta Shiraz. Desde allí habrá que emprender en días distintos el camino de Persépolis y Naqsh-i-Rustam por el nordeste y el de Firuzabad por el sureste. En Persépolis hay que moverse empeñado no en pisotear cada ruina, sino en comulgar con el viento y la montaña, la luz y el silencio. Y, por qué no, con el mensaje de la historia. 

Desde lo alto de la terraza sobre la que se asientan los palacios de Darío o Jerjes hay que dirigir la mirada hacia la llanura inmensa de Mardasht, cruzada por una recta carretera que pasa -aunque lo olvidemos-, sobre la desaparecida ruina de la ciudad arrasada por Alejandro. Entre columnas, jambas y dinteles hay que disfrutar los relieves aqueménidas, distinguir los rostros y los vestidos de los habitantes del inmenso imperio de Darío, las armas y los rasgos de los guardias medos y persas, las imágenes reales, las luces y las sombras.  

La jornada debe terminar en el cercano roquedal de Naqsh-i-Rustam, una verdadera montaña del reposo eterno. Además de las monumentales tumbas de varios reyes aqueménidas, ocupadas tiempo después por sus herederos en el tiempo y en la idea, los "reyes de reyes" sasánidas, rivales de la Roma imperial, el área de Naqsh-i-Rustam en sus distintos recovecos, barrancos y paredones verticales, está llena de nichos y huellas de las costumbres funerarias de los zoroástricos sasánidas.  

Nuestros pasos deberán continuar a Firuzabad, ruina de una capital sasánida, círculo perfecto que sólo desde el aire se alcanza disfrutar, y en el centro de la cual se alza desafiante el alma de una antigua torre del palacio real. Cerca de la ciudad, las ruinas de otros edificios de los reyes sasánidas son, por su lejana rareza y su buena conservación, de obligada visita. 

Los guías que nos hablan de las tumbas reales aqueménidas en Naqsh-i-Rustam suelen referirse de pasada a ciertos relieves esculpidos al pie de aquéllas. El viajero hará bien en dedicar una atenta observación, pues en los rasgos trepidantes de jinetes combatiendo como Bahram u Hormizd, en la majestuosa investidura de Ardeschir o en la desafiante victoria de Sapur, encontrará muchos símbolos del Irán. Hallará los nombres de monarcas victoriosos cantados por Firdusí, personajes históricos y héroes de las leyendas populares de Irán, inmortalizados más que por sus hechos, ciertamente grandiosos, por el poema angular de la lengua persa: el libro de los Reyes.  

A medio camino entre Ispahan y Kerman, en la ruta hacia el sudeste se encuentra Yazd, que mantiene algunos de los mejores edificios de adobe de la región flanqueada por el desierto de sal del norte y el desierto de arena del sur. Aquí se levantan algunas torres diseñadas para atrapar las brisas y airear las habitaciones situadas a sus pies. Varias hermosas mezquitas y las murallas del siglo XIII y XIV destacan sobre los demás edificios en esta ciudad que fue un importante centro religioso ya en tiempos preislámicos. 

Kerman es una de las etapas en la ruta hacia Pakistán. Aquí se encuentran algunos templos zoroastrianos y la gente tiene un aspecto más indio. No muy lejos se encuentra Bam, una maravilla fortificada y abandona de los tiempos de la ruta de la seda. La fortaleza de Bam, ya no es una ciudad, vuelve a ser un mundo. Una lección de adaptabilidad frente al entorno, al duro clima del desierto. Una combinación entre poder y lujo, entre autenticidad y practicidad. Una lección de historia, un espejismo real. 

Al sur, ya en el golfo pérsico y frente a las costas de Omán, se halla Bandar Abbas, uno de los puertos más importantes del país y lugar clave en el control del estecho de Ormuz, en cuya isla hay un fuerte portugués. 

Al noroeste del país, en la provincia de Khorasán, se encuentra Mashad, ciudad cuyo nombre significa literalmente "lugar de peregrinación", donde hay que visitar el altar del Imán Reza y los edificios de la zona sagrada, así como la mezquita Gauhar Shad con una impresionnte cúpula de loza azul de cincuenta metros de altura. Un par de museos contiguos cobijan una interesante puerta de oro del siglo XVI y la Alfombra de las Siete Ciudades Amadas, que según dicen, fue realizada por diez mil tejedores que trabajaron en ella durante catorce años tejiendo treinta millones de nudos. 

Las costas del Mar Caspio y la ciudad de Tabriz, antigua capital persa en el período de los Safávidas y hoy centro industrial y comercial, complementan la zona norte de IRAN. 

Un viaje por IRAN, por fuerza, nos ha de poner en contacto con una geografía inesperada. El Irán es todo un mundo. El viajero hará bien en conocer el corazón del Elburz, más cerca de Teherán que la Sierra de Madrid, pero mucho más puro y grandioso. Y debería conocer, si puede, los inmensos bosques de la región caspiana y las orillas de dicho mar. Las grandes mesetas, las gargantas estrechas y los desfiladeros del Luristán, poblados de feroces leyendas e historias inquietantes en el pasado, las inmensas planicies del desierto salino, un paisaje nunca transitado y objeto de la reflexión de todos los viajeros. Y desde las orillas del Golfo Pérsico hasta el remoto nordeste, en los caminos hacia el Asia Central o el Afganistán, otras montañas, otros bosques, estepas y grandes desiertos que amplían la imagen más allá de las palabras.  

IRAN, no es tierra para un solo viaje, ni visión de un solo año. Es una sorpresa constante, un aliento en el camino que puede sorprender con la visión de cientos de flamencos levantando el vuelo en el mismo lago donde un viejo mullah reza inmerso en el paisaje mientras se oyen los profundo cantos al islam y su joven alumno te invita a su casa de Qom, para dar a conocer su fe y ofrecerte lo mejor de su comida. Si la monumetalidad es capaz de fascinar constantemente, la sencillez y cordialidad de la gente es capaz de sorprender durante los primeros días. Luego, profundizando en su conocimiento, uno descubre su alto nivel cultural y su excelente trato con el venido de lejos. Tanta historia acumulada no podía palpitar en ninguna otra dirección.

YEMEN: la joya montañosa de Arabia.

Extendido al sur de la península arábica, allí donde las arenas del desierto dan paso a las cumbres montañosas para caer posteriormente frente a las tranquilas aguas del Indico, se halla un país que durante mucho tiempo ha permanecido cerrado al mundo exterior. Cauteloso de su autenticidad, celoso de malas influencias externas, sabedor de que alberga joyas arquitectónicas impresionantes y defensor a ultranza de la fé islámica, el Yemen ha sufrido afrentas coloniales, dependencia de regímenes totalitarios, alineamientos costosos, incluso una guerra civil relámpago antes de la todavía reciente unificación entre el norte y el sur. Pero la geografía montañosa es poco permeable y las estructuras tribales son capaces de controlar sus respectivos territorios y hasta influir con su política de alianzas en las elecciones presidenciales. Y las luchas ancestrales han conformado históricamente una forma de ser muy apegada a las armas. Las jambias, o cuchillos enfundados que los hombres yemenitas llevan en el cinto, son símbolo de virilidad, situación y poder económico, pero los kalasnikov todavía se ven por los mercados y los códigos de honor y demostraciones de control sorprenden a los visitantes ante tanto alarde defensivo. 

Sin embargo el país posee un magnetismo especial. Una magia capaz de trasladar al recién llegado hasta otra época. Lejos quedan los tiempos de la reina de Saba, aquellos del comercio del incienso y la mirra y de las rutas camelleras hacia el norte. No tanto los del café procedente del puerto de Al-Mukha, pronunciado por los occidentales Moka. Pero entre unos y otros, algo permaneció estático, sin evolucionar. Es como si las mil y una noches se matuvieran perennes, y cuando el sol sale cada día retuviera el sueño dorado de una mañana medieval, lujosa y a la vez tranquila, entre una paisaje embriagador de caminos tortuosos, pueblos lejanos y fortalezas inepugnables. 

Sana'a, la capital se encuentra a 2.200 metros de altitud, y representa el primer embrujo para la mirada. Caótica y bulliciosa como cualquier ciudad del mundo árabe, ciertamente, pero a la vez señorial y altiva a pesar de su suciedad a ras de suelo. Porque uno no deja de mirar hacia arriba. Ventanas repintadas de blanco, celosías tras las que se esconden curiosos ojos femeninos, casas de hasta treinta metros de altura, y los minaretes de una cuarentena de mezquitas antiguas no ofrecen tregua al visitante que debería permanecer hasta la caída de la tarde para contemplar la animación del zoco y subir hasta la terraza de algún hotel de la ciudad vieja para oir desde allí la llamada de la oración de la tarde que amana de los minaretes de las mezquitas. 

Y al abandonar Sana'a pervive la capacidad de asombro. Valles profundos, laderas dotadas de terrazas cultivadas, precipicios intratables y riscos escarpados que acogen pueblos y palacios contruidos en una obsesión por la defensa. Los largos y tortuosos caminos obligan a emplear mucho más tiempo del previsible, pero los objetivos compensan, reconfortan y a la vez ocupan cuestan de abandonar. 

A tan sólo quince kilómetros de la capital se encuentra el que posiblemente es el monumento más famoso del país: Wadi Dhahr o la casa de la Roca. Construída hace un siglo para albergar la residencia del Imán, consta de doce plantas situadas sobre una inmensa roca que a la vez le sirve de defensa. El poder visitarla o no depende del humor de su guardian. 

Las construcciones con sillería, o piedra cortada, son frecuentes en la zona de Thula, un pueblo situado a dos mil setecientos metros de altitud que sorprende por su conjunto y por la sagacidad de las niñas para vender recuerdos a los extranjeros. Desde aquí se puede subir todavía más hasta llegar a Zakati, que dispone de un espectacular castillo que domina toda la llanura. 

Shibam, está a los pies de un acantilado sobre el que se extiende Kawkaban, un pueblo situado en una meseta muy fácil de defender, con bellas casas, ahora semiabandonadas, que habían pertenecido a ricas familias de la región. 

La zona de Manaka y al-Hajjara, tuvo una importancia estratégica durante la ocupación otomana. En Manaka se celebra un interesante mercado todos los domingos pero resulta mucho más sorprendente la población de al-Hajjara, situada a tan sólo tres kilómetros, donde las casas se presentan como bloques de pisos, por encima de un acantilado de más de cien metros. Las calles del interior de la población son muy estrechas y sólo se pueden transitar a pie o a lomos de algún burro. Esta región es muy adecuada para los amantes del trekking. A ocho kilometros de Manaka se encuentra Ismailia, centro de los seguidores del Aga Khan. 

Se puede seguir hacia Taiz, con sus adinerados habitantes y sus famosos minaretes; hasta Hodeida y su costa del mar Rojo; hasta Marib y el comienzo de las dunas, incluso hasta la propia Adén, pero ninguna visita al Yemen quedaría completada sin una escapada al Valle del Hadramout, una de las zonas del antiguo Yemen del Norte y que sorprendió al mundo tras su apertura. Sobre una pequeña superficie de 400 por 500 metros se alzan cerca de 500 edificios algunos de los cuales alcanzan los 30 metros de altura, están construídos en arcilla y tienen entre 150 y 300 años de antigüedad. Se trata de Shibam, "la manhattan del desierto". Es una de las tres ciudades del Hadramout y la que sin duda más cautiva al viajero. Pero también hay que ir a Seyum para contemplar el espectacular palacio del sultán y a Tarim para descubrir sus mezquitas y los palacetes de sus señores.   

Y hay que guardarse capacidad de asombro para seguir el curso del Wadi Doan, donde los poblados de las casas cuadradas, de las mil ventanas y los colores ocres se levantan sobre los oasis fluviales que aseguran los campos de cultivo. Parece un mundo mágico en medio del desierto, un milagro de la naturaleza que ha sabido fundirse con el trabajo del hombre para alcanzar una imagen irreal capaz de ser la base de su atractivo. La tierra se trabaja con herramientas sencillas, un poco más alla de los cultivos, el paisaje parece completamente virgen, los acantilados se levantan desafiantes y sin embargo se puede observar un prodigio de la urbanística y un logro de la técnica rudimentaria. 

La aparente contradicción es la base de su atractivo. El Yemen parece vivir en la edad media y hace tres siglos ya levantaban rascacielos.

INDIA: Entre la opulencia y la sencillez

La India... cinco letras mágicas capaces de compendiar todo un subcontinente misterioso, una combinación entre la sencillez y la opulencia, entre el materialismo y la espiritualidad. No es fácil comprender a la India. Dicen que es necesario  empezar a recorrer sus caminos dotado de una esecial predisposición. Dicen también que, tras comtemplar el lento caminar de su pueblo, a la India, o se la ama o se la odia. Lo que si es cierto es que a nadie puede dejar indiferente. 

Su extensión es tal, que nunca puede plantearse un viaje global del país. Sus distancias, sus infraestructuras limitadas, sus más de novecientos millones de habitantes, sus cambios climatológicos y su infinidad, obligan al viajero a acortar su periplo y marcar un itinerario posible y asequible. Una ruta que acostumbra a coincidir en la mayoría de las personas que visitan la India por primera vez. Un viaje por el Norte del país que aparece como una buena combinación donde confluyen el colorido del Rajasthán, la monumentalidad de la época Mogol, el colonialismo inglés, la religiosidad sagrada del Ganges, y la sencillez de un pueblo dividido en castas y preocupado por la reencarnación. 

La ruta clásica se inicia en Delhi, la capital del país. El auténtico desarrollo de esta gran ciudad llega en los siglos XVI y XVII, cuando se construyen la Fortaleza Roja, para dar esplendor a los emperadores Mogoles; la Jamaa Masjid, mezquita más grande del país; y la tumba de Humayum, mausoleo inspirador del Taj Mahal. Mucho antes, en el siglo XII, ya se había levantado el minarete más alto del mundo, el Qutb Minar, de 73 metros de altura, y mucho después vinieron los edificios coloniales británicos y el Raj Ghat, lugar de incineración de uno de los artífices de la Independencia, Mahatma Gandhi. 

Son estos los lugares más visitados de la capital que se completan con los templos más representativos de las diversas religiones que conviven en el país (hindú, musulmana, sij, jaín, bahal, etc.) y con la plaza Connaught, auténtico corazón de la ciudad y símbolo de su progreso. 

Pero uno de los Estados con más personalidad es, sin duda, el Rajasthán. La tierra de los rajás ofreció una mayor resistencia a los invasores musulmanes primero y británicos después, construyendo fortalezas inexpugnables y constituyéndose como auténtico bastión del hinduismo. Ciudades amuralladas en medio del desierto, castillos encaramados en los riscos rocosos y caminos polvorientos son características comunes del Rajasthán. 

Todos ellos son fácilmente perceptibles en Jaipur, la capital, también llamada la ciudad rosada. Con solo pisar sus calles, el viajero se percata de la diferencia con respecto a Delhi. Las mujeres con sus saris de colores, los hombres con sus turbantes, las carretas tiradas por camellos... Un mundo rural que sin embargo confluye en una capital capaz de impresionar por la monumentalidad y refinamiento de sus edificios. El Palacio del Maharajá se levanta en el centro de la ciudad, fuertemente vigilado por su guardia personal, y en él vive Saway Bhawani Singh Muc, el actual Maharajá de Jaipur. Retirado ya de su carrera militar dedica todo su tiempo a sus negocios entre los que figura el Rambagh Palace, convertido ahora en hotel. Junto al Palacio del Maharajá se extiende el Jantar Mantar, un observatorio astronómico que demuestra la afición de Jai Singh II por esta ciencia. El Palacio de los Vientos, edificio que permitía a las mujeres de la corte contemplar los desfiles sin ser vistas, el lugar de incineración de los Maharajás, el Valle de Galta y la excursión al fuerte de Amber, donde se sube a lomos de elefante, completan las visitas a los enclaves más interesantes de la ciudad que pueden alternarse con las compras de la buena artesanía estatal y los espectáculos folclóricos que tienen lugar diariamente. 

Profundizando en el Rajastán 

Muchos podrán optar por cambiar de estado, para proseguir la ruta clásica por Fatephur Sikri, pero desde aquí le aconsejamos porfundizar en el colorista Rajasthán.

Udaipur es una bella ciudad situada junto al río Pichhola, que dispone además de un lago en el que se levanta el palacio Jag Niwas, convertido en la actualidad en un hotel de lujo. Pero sin duda, lo que impresiona más de la "ciudad blanca", como también se conoce a Udaipur, es la fortaleza del siglo XVI construida en mármol y granito. Udaipur es el centro de la vida artesanal, mercantil y social del Rajasthán. 

Jodhpur recibe el sobrenombre de "la ciudad azul", porque muchas de sus casas están pintadas con este color. Frente a una inmensa roca de 121 metros de altura, se levanta otra fortaleza inexpugnable, el Fuerte Meherangarh, construído en 1459 por Rao Jodha dominando todo el entorno circundante. Mucho más moderno es el Palacio de Umaid Bhawan, cuya obras se iniciaron en 1929 para combatir el hambre de la población con motivo de una sequía. Hoy es un hotel de lujo, además de la residencia del Maharajá de Jodhpur. 

Pero sin duda uno de los enclaves que más sorprenden al viajero es Jaisalmer, "la ciudad dorada". Situada en pleno desierto del Thar, cerca de la frontera con Pakistán, fue fundada en 1.156 por el Maharaja Jaisal Singh. Rodeada por una muralla de cinco kilómetros de longitud y 99 torres defensivas, conserva en su interior los "havelis", suntuosas mansiones construidas para los ricos comerciantes de la Edad Media. Las ventanas son sencillamente excepcionales y parecen más una obra de delicados orfebres que el trabajo de arquitectos y escultores. Las estrechas calles de Jaisalmer, repletas de edificios de piedra arenisca amarilla, contrastan con las casas de abobe construidas en el exterior y habitadas por los nómadas del desierto. El colorido de los saris de sus mujeres y las joyas que llevan a diario, llaman la atención por su riqueza, que contrasta con su sencilla forma de vida. 

Chitogarh posee una inmensa fortaleza engarzada a la colina a cuyos pies se yergue la nueva ciudad. Su inconfundible solidez muestra el heroismo del pueblo rajput, cuando la ciudad era capital del Mawar y se defendía con honor y bravura de sus vecinos y enemigos musulmanes. Los "Chattris", rememoran el destino trágico y el coraje de unas mujeres que no dudaron en arrojarse con sus hijos al fuego, antes de caer en manos de sus enemigos. En 1303 el Sultan de Delhi, al ver rechazado su amor por la bella reina Padmini de Chitogarh intentó tomar la ciudad con las armas. Mientras los hombres eran derrotados, sus esposas e hijos, con la reina Padmini en último lugar, se arrojaban al fuego en una ceremonia denominada "jahuar". En 1535 y en 1567 otras mujeres realizaron el mismo sacrificio. Hoy es uno de los lugares de peregrinaje de la India.  

La ciudad de Ajmer, sagrado lugar de peregrinación los musulmanes, el lago de Pushkar, con su importante mercado anual de camellos, el Monte Abu, con el templo Vimala Vasahi y las ciudades de Bikaner, y Ranakpur, pueden completar un interesante recorrido por el Rajasthán. 

Prosiguiendo por la ruta clásica 

La ruta clásica por la India prosigue hasta Fathepur Sikri, la ciudad fantasma. Levantada para conmemorar el nacimiento del emperador Mogol Akbar, se trata de una extraña mezcla de la arquitectura hindú con la sarracena y hoy está completamente desierta ya que tuvo que ser abandonada por falta de agua. El color rojizo de la piedra arenisca contrasta con el mármol blanco de la mezquita de su patio principal que conjuntamente con la puerta más alta de la India constituyen los lugares más pintorescos de la urbe olvidada. 

A 38 kilómetros de Fathepur Sikri se encuentra Agra, la ciudad del Taj Mahal. Normalmente y a lo largo de los tiempos ha sido la fe y la vanidad lo que ha forjado la historia de la arquitectura. En el caso del Taj Mahal se trata del amor y la muerte. El amor del emperador Sahah Jahan por su esposa, que tras un fecundo matrimonio con 13 hijos, murió al día siguiente de dar a luz a una preciosa niña. Corría el año 1629 e inmediatamente después se inició la construcción del impresionante mausoleo de mármol blanco, que ocupó a 22.000 personas durante diecisiete años. Su hermosa cúpula, sus minaretes ligeramente inclinados hacia fuera y las incrustaciones en piedras preciosas y caligrafías lo convierten en la más perfecta joya del arte musulmán de la India. En Agra, también hay que realizar una visita a la Fortaleza Roja, construida por el emperador Akbar Jehan.  

Kahurajo, acostumbra a ser preámbulo habitual de la visita a la ciudad sagrada del Ganges. Aquí se levantaron entre los siglos X y XI bajo el reinado de la dinastía Chandela una serie de templos, que en un total de 22, presentan una armonía excepcional rodeados por entorno apacible. Las esculturas eróticas que los adornan llaman la atención de los visitantes. El templo de Kandariya, con sus uniones amorosas, el de Chitragupta, el de Lakshmana, con escenas guerreras y eróticas en su friso, y el Vishwanata, que alberga algunas de las mejores exculturas religiosas de la ciudad, son algunos de los más interesantes. 

Y llegamos a Benarés, la ciudad sagrada de la India. A orillas del Ganges se levanta una urbe ligada como ninguna otra a la muerte. Durante el día los peregrinos acuden a las orillas del río para celebrar sus baños rituales en los "ghats", mientras un poco más allá, queman sin prisa los cuerpos de los fallecidos en plena incineración. Caminar por las calles de Benarés o deslizarse junto a la orilla del Ganges en una embarcación sobrecoge a cualquiera. Y es precisamente aquí donde se produce la decisión del viajero sobre la India. Algunos se sentirán orgullosos de continuar su camino ... Otros sólo pensarán en volver algun día.

NEPAL: El reino de las montañas

Habitualmente representa una última etapa después de un periplo por el Norte de la India y supone para el viajero unos días de relax tras el bullicio de ciudades como Jaipur, Agra o Benarés. La mayoría de viajes incluyen Nepal, o más bien el Valle de Katmandú, como colofón de la ruta clásica por la India del Norte, para visitar algunos de los puntos de máximo interés de este hermoso valle rodeado por algunas de las cumbres más altas de la Tierra.  

Su inaccesibilidad a lo largo de la historia ha propiciado el mantenimiento de una esencia propia que parece trasladarnos a los tiempos medievales, cuyas reyertas feudales se concretaban en los enfrentamientos y ribalidades entre sus tres ciudades principales: la propia Katmandú, Patán y Bagdaón, también llamada Baktapur. Pero estos núcleos urbanos sólo representan la columna vertebral de un itinerario que puede llevarnos a centros religiosos de primerísimo rango, paisajes inolvidables, poblados semiperdidos y hogares de más de 30 tribus o grupos que configuran el mosaico étnico del país y que a lo largo de su historia han descendido al valle para conformar una de las concentraciones de arte, cultura y tradiciones más importante del mundo. 

Katmandú, la actual capital nepalí, representa obviamente la primera etapa de un recorrido por el Valle de Katmandú y al poner sus pies en ella, el viajero rápidamente se da cuenta del equilibrio que alberga, a caballo entre su pasado medieval y la modernidad que conlleva su apertura al mundo del siglo XX.

El centro de la ciudad es la plaza Durbar, nombre que también encontramos en las otras ciudades del valle y que concentran un auténtico bosque de templos cuyos tejados representan uno de los signos de identificación más propios del Nepal. Son las pagodas que bien de base cuadrada o rectangular, encierran la estatua o imagen a la que están dedicados. 

La madera esculpida representando todo tipo de escenas, constituye al máximo protagonista en columnas, puertas y ventanas y embellece la construcción levantada en ladrillo rosa y recubierta por placas de cobre o bronce dorado o viejas tejas rojas.   

Más de 50 templos y monumentos importantes podemos contar en la Plaza Durbar de Katmandú, que aparecen dominados por la impresionante mole del Templo de Taleju, el que alberga la divinidad titular de la familia real. Si bien para apreciar los detalles artísticos de tanta exhibición arquitectónica el mejor momento es durante el día, cuando se va la luz natural la plaza adquiere una magia especial. Las estrellas, compañeras  de las cumbres de los Himalayas, configuran una cúpula celeste bajo la que se levantan un sinfín de pagodas ligeramente iluminadas, mientras la animación diaria deja paso al silencio de la noche. 

La que no tiene miedo a la oscuridad y posiblemente duerme sin sobresaltos es Kumari, la diosa viviente que habita en su palacio contiguo a la plaza. Ha sido la protectora de la dinastía de los Malla y es venerada todavía como la guadiana del valle. Kumari es una niña elegida entre el clan de los orfebres cuando tiene entre tres y cinco años. Su cuerpo no debe presentar imperfección alguna y ha de cumplir los treinta y dos signos distintos que exigen los textos sagrados: largos brazos, hombros redondos, ojos negros o azules, dientes blancos ... Su horóscopo debe estar en armonía con la familia real y ha de mostrar pruebas de valor, sin huir ni llorar cuando es encerrada en un cuarto oscuro repleto de cabezas ensangrentadas de búfalos recientemente sacrificados y ligeramente iluminadas por la luz de unas velas soportadas sobre sus cabezas. Cumplidos los trámites, la niña es instalada en palacio, convertida en diosa viviente, adorada por el propio rey y sus ciudadanos, servida por su personal y paseada fuera de sus aposentos en su carro ricamente decorado, para que sus pies no toquen al suelo, con motivo de seis o siete fiestas religiosas. Cuando alcance la pubertad o pierda sangre por cualquier motivo, la niña pierde su carácter divino y abandona el templo con una fuerte dote y la libertad para casarse. Sin embargo, no le resulta fácil encontrar marido. El hecho de haber vivido en continua ociosidad y constante adulación y la creencia de que la diosa trae mala suerte a la familia y pronta muerte al marido puede más que la belleza de su cuerpo y la gracia y finura de su modos. 

Hay dos Katmandús, el moderno y el de siempre. Su nombre significa casa de madera y proviene de un edificio que según la creencia estaba construido con la madera de un solo árbol y utilizado como bazar en un cruce de caminos. Hoy, todo Katmandú es un bazar al aire libre cuyas calles hay que patear. Pero el valle ofrece muchas otras sorpresas y ahora debemos recorrer sus senderos.  

En las afueras de la capital a 5 kilómetros y muy cerca del aeropuerto encontramos Pashupatinath, el centro hinduista más importante del país. Construido a orillas del río Bagmati, el templo es célebre por sus tejados dorados que relucen a primera hora de la mañana. El acceso al templo está prohibido a los no hinduistas, pero, sin embargo, los extranjeros pueden acercarse y fotografiar las cremaciones que tienen lugar junto al río con mucha más facilidad que en Benarés. 

El conjunto, construido en 1694 por el rey Bhupalsing Malla, está rodeado por diversas ermitas de las que sólo se aprecia el acceso. 

Siguiendo nuestra ruta hacia el Norte llegamos a Bodnath, que comparte con Swayanbhuy, nuestra próxima etapa, el máximo honor dentro de los monumentos budistas más venerados del valle.

Bodnath es uno de los santuarios budistas más antiguos de Asia y su "stupa" la más grande de todo Nepal. Las "Stupas" son originalmente elementos funerarios o relicarios que pueden presentarse simplemente como un túmulo coronado por una torrecilla o bajo la forma de un conjunto impresionante. Esencialmente se trata de una cúpula hemisférica que se ve coronada por una torre cuadrada donde aparecen en cada uno de los cuatro costados los ojos de Buda "que todo lo ven".

Los ojos de la "stupa" de Bodnath, pintados en blanco, rojo y azul y las grandes dimensiones de su cúpula le dan un aspecto persuasivo. El monumento está construido sobre una base en forma de "mandala", representación geométrica y astrológica del Cosmos. Los cimientos encarnan la tierra, la semiesfera simbolizan el agua, la torre el fuego, la corona el aire y el último elemento, el Eter, viene representado por la llama que remata la torre. Y todo el conjunto está rodeado por casas habitadas por tibetanos que confieren todavía un carácter más pintoresco al lugar. La circunvalación del santuario debe realizarse en el sentido de las agujas del reloj, justamente al contrario que nuestra ruta alrededor de Katmandú que nos lleva ahora a la otra gran "stupa". 

Hace más de 3.500 años que Swayanbhuy era un lugar sagrado. Todavía no habia nacido Buda, en el actual territorio nepalí, pero sobre esta colina y dominando todo el valle, ya había un pequeño monumento, una piedra que luego se convertiría en el elemento nuclear de de la "stupa". 300 escalones de piedra nos llevan a la terraza sobre la que está construido el santuario, completado por un "gompa" o monasterio donde cada día, a las cuatro de la tarde, se celebra un acto religioso. 

La ciudad de los mil tejados dorados, Patán, es un verdadero museo al aire libre repleto de templos, santuarios, pagodas, estaques, plazas y estatuas. Construidas en circulos concéntricos alrededor del palacio real con cuatro calles principales que irradian desde el palacio hasta las cuatro "stupas" de Lagan, Pulchok, Ashok y Teta, podría tratarse de la ciudad budista más antigua del mundo. Cuna de la arquitectura y las bellas artes del valle, tiene catalogados 136 monasterios y 55 templos importantes. Su palacio con tres patios principales, la torre octogonal del templo de Taleju Bhawani, el Krishna Mandir, y el Maha Baudha o templo de los mil Budas, son sólo algunos ejemplos de la riqueza y variedad de esta población que al no sufrir la mutación de su antigua rival y siempre vecina Katmandú, mantiene en sus calles repletas de artistas y pequeños industriales el mismo ambiente del siglo pasado.  

Pero para imopregnarse por todos los lados del modo de vida y entorno medieval hay que ir un poco más al Este, hasta Bagdaón. Aquí todavía no ha llegado la industria, y la artesanía domina el pulso diario de la ciudad. No tiene desperdicio. El palacio de las 55 ventanas, la puerta de oro del Templo Taleju, la campana gorda para llamar a los fieles a la oración, los templos dedicados a Shiva, Krishna, Visnú, el monasterio de Pujahiri Math, el templo de Akash Bhairav, el templo de cinco tejados de Nyatapola, las múltiples callejuelas de la ciudad y la plaza de los alfareros son capaces de robar el corazón a cualquier viajero. El ambiente de Baktapur, o Bagdaón, es único y uno se quedaría muchos días para impregnarse del carácter, de su pulso diario, de su esencia. La riqueza artística del Valle de Katmandú, es impresionante, su variedad étnica, sorprendente, sus paisajes realmente atractivos, pero el afán del viajero por descubrir otros lugares le obliga a partir, hacia nuevos valles con paisajes, si cabe, todavía más sorprendentes. 

SRI LANKA: la joya del Índico

Anuradhapura, Polonaruwa y Siguiriya. Cuando uno memoriza estos tres raros nombres que identifican a lugares que pertenecen al Patrimonio de la Humanidad, siente una rara atracción hacia ellos. Restos arqueológicos, sí, pero ¿de dónde?. De Sri Lanka, el antiguo Ceylán. Y entonces empieza a indagar. Las sendas del té, al sur de la India, la ruta de las especias, antigua colonia británica, centro budista de vital importancia en la propagación de dicha religión hacia Thailandia e Indochina, los opositores tamiles del norte... 

También algunos la llaman "Perla de Oriente", "Tambapanni", "Taprobana", "Lágrima de la India" o "Serendib" como los árabes. Lo cierto es que con sólo 435 kilómetros de largo por 225 de ancho y con una superficie total de 65.610 kilómetros cuadrados, esta isla es capaz de impresionar por su diversidad paisajística, histórica y cultural conformada por su situación estratégica en las rutas de oriente y extendida a muy pocos kilómetros, sólo treinta y dos del subcontinente indio. Poco más de dieciseis millones de habitantes de los que el setenta y cuatro por ciento son cingaleses, el dieciocho por ciento tamiles y el resto malayos, moros o tamiles musulmanes, euroasiáticos, y burghers o descendientes de colonos portugueses y holandeses inmigrados en los siglos XVI, XVII y XVIII. 

Anuradhapura, Polonaruwa y Siguiriya...  

Poco antes de Cristo, cuando los griegos expandían su hegemonía por el Mediterráneo mientras en otras zonas de Europa todavía atravesaban el umbral de la Edad de Piedra, Sri Lanka poseía una avanzada civilización. Sus sistemas de irrigación, los buenos caminos y el clima tropical, combinados con aptitudes para el comercio la convirtieron en uno de los principales centros comerciales del planeta. Sin embargo, en contra de lo acontecido en las urbes mediterráneas, las ciudades adolecían de planificación y sobre todo de consistencia arquitectónica. Sólo templos y palacios estaban construidos en piedra, dejando para la gente la arcilla y la madera. Tan solo a Buda correspondía el derecho de la perpetuidad y sólo de Buda nos queda restos arqueológicos que admirar. 

Quinientos años antes de Cristo se instalaron las primeras comunidades humanas en Anuradhapura y en el siglo IV antes de nuestra Era, el rey Pandukabhaya ubicó una capital que habría de durar mil cuatrocientos años. Cincuenta y dos kilómetros cuadrados, decenas de miles de habitantes, casas de dos y tres pisos y probablemente dos sótanos, un palacio real de mil habitaciones, y pagodas, stupas o como se llaman aquí: dagobas. Y también un árbol. El árbol de Bo. Su culto perdura desde hace veintitrés siglos. Dicen que según pruebas documentales históricas es el árbol más antiguo del mundo. Sus ramas, sorprendetemente delgadas para su edad, están sostenidas por horquillas de hierro. Cuentan que se trasplantó aquí como esqueje de la ficus religiosa bajo la que el mismísimo Buda recibió su iluminación. Los budistas deben orar aquí, como también en el Ruwanweli Seya, o gran estupa del siglo II antes de Cristo; la dagoba Thuparama, la más antigua del país y cuya creencia indica que alberga la reliquia de la clavícula de Buda; la dagoba Jetavanarama, la más grande del mundo entre las de su clase; la dagoba Abhayagiri, que se cree posee el mayor cuenco de limosnas lleno de reliquias; la dagoba Mirisaweti con sus terrazas bien conservadas; y la Vihara Isurumuniya, parte de un complejo monástico situado en los Jardines de los Reales Placeres. Los demás únicamente seran capaces de admirarar, junto a monasterios y palacios, uno de los complejos arqueológicos más impresionantes del mundo. 

Polonnaruwa tiene menos historia. Fue sólo capital durante tres siglos, pero sus restos están mejor conservados y ejercen una mayor atracción hacia el visitante ya que ofrece construcciones del siglo XII, precisamente cuando el arte cingalés alcanza su mejor momento de esplendor. Los cholas habían destruido Anuradhapura y trasladado aquí la capital, para de este modo dominar mejor las regiones circundantes de la isla. Cuando los cingaleses recuperaron su dominio en 1073, mantuvieron aquí el centro del poder político. Es un prodigio en el arte de la irrigación donde 5.600 acres de agua embalsada por una presa de doce kilómetros de longitud, asegura las cosechas de 18.200 acres de arrozales. El centro urbano está constituido por el cuadrilátero o "Terraza de la Reliquia del Diente" rodeada por doce construcciones excepcionales entre los que destacan el Vatadage, o edificio circular más viejo; el Hatadage o templo del diente; la Gal Pota o libro de piedra, una enorme piedra de ocho metros de largo por cuatro de ancho que contine una inscripción narrativa de la invasión de la India por el rey Nissanka Malla; el Satmahal Prasada o edificio de las siete plantas, con cierto parecido a los zigurats mesopotámicos; o el Thuparama, el mejor conservado de todos. Y más allá... palacios, dagobas, templos, monasterios, hasta llegar al Gal Vihara o relicario de la roca. Cuatro estatuas de Buda de mediados del siglo XII talladas en la roca de granito que se hallan entre las obras maestras del arte cingalés.  

Anuradhapura tiene historia, Polonaruwa belleza. Pero la magia hay que buscarla en Sigiriya. En la roca del león, una mole de piedra roja que se alza a 180 metros por encima de la jungla donde se refugió en el siglo V el rey Kasyapa. Tras asesinar a su padre y proclamarse rey, temía la venganza de su hermanastro y legítimo heredero del trono por ser hijo de madre de sangre real, mientras que la suya era plebeya, decidiendo refugiarse aquí. Y sobre la piedra un palacio, inexpugnable y a la vez dotado de una vista panóramica excepcional. Hay que subir muchas escaleras para alcanzar la cima, pero a medio camino unos frescos reconfortan las retinas. Se trata de las doncellas de Siguiriya, unas damiselas que bien podrían representar "asparas" o ninfas que moran en el cielo, o simples cortesanas de camino hacia palacio. Sea como fuere las dieciocho figuras femeninas resguardadas al abrigo de una gruta, algunas inscripciones mencionan que había quinientas, sorprenden por su delicadeza y sensualidad. Kasyapa reinó durante dieciocho años, lo que duró el esplendor de Sigiriya, degollándose con su daga al ver que su elefante entraba en un terreno de arenas movedizas durante la batalla contra su hermanastro, que había vuelto de la India con un ejército de tropas cholas y cingalesas y que tras la victoria restauró la capitalidad a Anuradhapura. 

Minthale, cerca de la vieja capital y Dambulla, a pocos kilómetros de Sigiriya son otros centros budistas de vital importancia. El primero por tratarse del lugar donde el rey Devanampiyatissa se convirtió al budismo en al año 247 antes de Cristo al encontrarse durante una cacería al misionero y príncipe Malinda. El segundo por la belleza de las pinturas y estatuas de las cinco templos escondidos en sendas cavernas que constituyen el Raja Maha Vihara.

 Pero llegó el momento en que los europeos empezaron a usmear por la zona. Primero fueron los portugueses. Mas tarde holandeses e ingleses extendieron su poderío marítimo en el Índico y las partes bajas de la isla fueron dominadas por los invasores que querían asegurar sus bases en la ruta de las especias. En 1590 los portugueses se afianzaron en tierra y los gobernantes cingaleses se refugiaron en el interior situando temporalmente su capital en Kandy, una plácida ciudad rodeada de montañas y emplazada a 488 metros de altura sobre el nivel del mar. Pudieron resistir hasta la victoria británica de 1815, pero todavía hoy perduran las tradiciones en el que se ha convertido en centro cultural del país. Su importancia religiosa gira en torno al templo del Diente de Buda, la sagrada reliquia que representa a la vez el sello de la soberanía cingalesa. Pocas personas lo han visto. En realidad se puede observar un relicario de plata dorada en forma de dagoba que encierra seis más de oro puro y piedras preciosas que van reduciendo su tamaño hasta el que contiene el sagrado diente. Cada mes de agosto se pasea en procesión a lomos de elefante, en la que constituye la mayor manifestación de la zona. Hoy en día la cámara que resguarda el relicario se abre diariamente durante las horas de la "puja", a las seis de la madrugada, a las once de la mañana y a las seis y media de la tarde, cuando acuden peregrinos y visitantes para contemplarlo desde la "Sala de la Beatífica Visión". El templo del Diente a sufrido diversas ampliaciones a lo largo de la historia, pero en la actualidad presenta una armoniosa arquitectuctura que lo hace tremendamente atractivo, sobre todo al atardecer cuando todavía no se ha apagado la luz diurna y las bombillas que marcan parte de su perímetro se reflejan en el lago de Kandy. Al otro lado de la calle un templo hindú y una iglesia anglicana llamarán la atención del extranjero, que probablemente emplee su tiempo en la ciudad para visitar algún otro monasterio, contemplar un espectáculo de danzas tradicionales, y acercarse a los jardines botánicos de Paradeniya, creados por los ingleses en 1815. Pero para observar la herencia británica hay que ascender todavía más hacia las cumbres montañosas de la isla. A 1.884 metros de altura y al pie del pico más alto del país, el Pidurutalagala, se extiende Nuwara Eliya, un balneario y sanatorio militar plagado de trofeos de caza, mansiones de estilo Tudor y Victoriano, parques y jardines, y por supuesto un campo de golf. La región colindante está plagada de terrazas de arroz y sobre todo de campos de té, donde las mujeres tamiles vestidas con saris de vistosos colores recogen dos hojas y un brote tierno por planta. Fue en 1849 cuando un escocés llamado James Taylor empezó a plantar semillas de té, en lo que acabaría convertiéndose en el sustituto del café cuya calidad y precios empezaban a decaer. Hoy el té es el principal recurso económico de Sri Lanka, con una capacidad de exportación que ronda los quinientos millones de dólares. 

Dejando el país de las montañas, hay que dirigirse hacia la costa sur y sudoeste, donde se combinan parques naturales como el de Yala, con la posibilidad de ver variadas especies de aves, elefantes y hasta algún leopardo; ciudades coloniales como Gale, el antiguo centro colonial portugués más importante de la isla; y playas y centros pesqueros como Hambantota, Tangalla, Matara y Bentota que se irán extendiendo hasta llegar a la actual capital Colombo. Pero antes de llegar a la metrópolis comercial hay que detenese para contemplar los pocos pescadores que todavía perduran practicando su labor diaria sobre zancos o los hábiles recolectores de savia lechosa y dulce de los brotes del cocotero, que se desplazan entre las palmeras gracias a unas sogas de fibra de coco instaladas entre las altas copas de los árboles. 

Colombo ha vivido siempre para el comercio. Ya en el siglo VIII los árabes lo utilizaron como puerto para embarcar la canela. Los portugueses, arribaron a principios del siglo XVI, fueron suplantados por los holandeses y estos a su vez por los ingleses, que la convirtieron en el centro del poder político que todavía ostenta desde su independencia. Iglesias católicas y anglicanas, construcciones coloniales, templos hinduístas, mezquitas, edificios gubernamentales y bazares, sobre todo bazares. Representa un buen colofón de un recorrido por los lugares más interesantes de esta isla que a pesar de su limitada superficie es capaz de aglutinar muchos de los atractivos del océano que la rodea y que le otorga el nombre de "la joya del Índico".

Islas MALDIVAS: Lágrimas del Índico

Apenas alcanzan los 298 kilómetros cuadrados, pero se extienden como un ramillete de casi 1.200 islas coralíferas, estructuradas en atolones, cuya altura nunca sobrepasa los tres metros y medio sobre el nivel del mar. Al aproximarse en avión se vislumbra la fragilidad de su equilibrio medioambiental, donde la arena se ha acumulado sobre el coral y han crecido los cocoteros. Es el marco idílico que colma el concepto de vacaciones tranquilas en playas solitarias de arena blanca y aguas transparentes repletas de peces de colores. 

Situadas en el Océano Índico, al sudoeste de la India y Sri Lanka fueron pobladas por migraciones de pueblos drávidas, indoarios y cingaleses, procedentes del subcontinente Indio, a los que luego se sumaron los árabes. Excelentes navegantes y pescadores, los maldivos mantuvieron estrechos contactos con el continente asiático, adoptando en el siglo XII el islamismo como religión y el sultanato como forma de gobierno. Lugar de paso hacia oriente para los colonizadores europeos, lograron resistir a las naves portuguesas que optaron por la costa occidental de la India, en Goa, para establecer una de sus mayores bases. La apertura del canal de Suez, aumentó su valor estratégico y por tanto el interés británico para tener a las Maldivas bajo su área de influencia. Con una economía precaria, basada únicamente en la producción de aceite de coco, la pesca y el cultivo de frutas tropicales, el país logró su independencia en 1965, no sin antes experimentar diversas luchas entre el sultanato y facciones repúblicanas más o menos influenciadas por otros países. Hoy es una república islámica de firmes convicciones, que basa en su no alineamiento una posición independiente en política exterior y que le confiere un amplio poder de negociación gracias a su posición geográfica privilegiada. 

Su población asciende a 215.000 individuos que se reparten por 192 islas permanentemente habitadas. La pesca ya no puede colmar las ansias de bienestar de los maldivos, que desde hace algunas décadas han optado por el turismo como fundamental fuente de ingresos. Pero no todos los atolones están abiertos a las visitas del exterior. Es, según el gobierno, una forma de preservar la esencia islámica de la población autóctona. Múltiples inversiones locales y extranjeras han ido promoviendo la construcción de diversos "resorts" en islas más o menos alejadas de la capital Mahé, junto a la que se extiende un aeropuerto internacional cuya pista artificial sobrepasa la superficie natural de un islote sobre el que está construido y que da la impresión de aterrizar sobre el agua. A partir de aquí múltiples lanchas transportarán a los foráneos hasta sus alojamientos, mientras que unos pocos locales se desplazarán hacia la capital que no sobrepasa los 45.000 habitantes. El calor es sofocante cuando se transita por sus calles al atardecer. Es evidente el rápido crecimiento que ha experimentado durante los últimos años gracias a los ingresos por turismo. Las casas bajas cobijan tiendas comerciales mientras grupos de colegiales vestidos de uniforme regresan a sus hogares y hombres de mediana edad acuden a las mezquitas. Sin embargo, la mayor animación se concentra en la zona portuaria. Barcazas procedentes de los confines del país descargan sus atunes que luego se comercializarán en conserva, en un proceso controlado por la corporación pesquera estatal. De vez en cuando algún crucero internacional hace una parada en Mahé y siempre hay buques mercantes y petroleros anclados frente a su puerto. Casi todos los productos vienen del exterior, lo que explica los altos precios a pagar por casi todo.

Los extranjeros poco se mueven de sus islas. La mayoría pueden recorrerse, transitando por su perímetro, en apenas 15 minutos. Se dedican sencillamente a descansar o leer con una silla acomodada en la arena o incluso dentro del agua. Pero Maldivas es un auténtico obsequio para los submarinistas. Algunos de los fondos marinos más interesantes del mundo se concentran aquí con una variedad de corales y peces que hacen las delicias de los amantes de la inmersión, que a la vez serán capaces de encontrar múltiples barcos hundidos.

También hay que desplazarse a alguna isla habitada que nada tenga que ver con el turismo. Sus gentes representan el máximo atractivo. Los niños acumulan unos rasgos difíciles de igualar en otras latitudes. Su tez morena y su cálida sonrisa son capaces de cautivar a cualquiera, mientras los viejos del lugar cuentan historias de otras épocas. Al ganar altura con el avión que ha de transportarnos nuevamente a occidente, se puede conteplar una serie de círculos de formaciones coralinas, que encierran aguas muy poco profundas y transparentes. Son... como las lágrimas del Índico.

BIRMANIA: El país de las pagodas doradas

Se iniciaba la década de los ochenta cuando, en las últimas estribaciones del Himalaya, allí donde habitan las tribus nómadas tailandesas todavía ligadas al cultivo del opio, comenzó a rondarme la idea de visitar el vecino país de Birmania. Una italiana que se disponia a visitarlo fue la responsable. Sus fabulosas descripciones de las pagodas doradas, de los campos de arroz sembrados con la ayuda de los búfalos de agua, de los restos arqueológicos, de los ríos anchos y caudalosos y, sobre todo, de unas gentes casi intocadas por el turismo, sembraron la semilla de un sueño que habría de acrecentarse con el tiempo.  

El sueño de visitar un país casi virgen y que, por ello mismo, supone una gran paradoja. Porque si bien Tailandia nunca tuvo que soportar el peso de colonia inglesa, es este último país el que se ha mantenido más puro, no habiendo experimentado el desarrollo del vecino reino de Siam, hoy día inmerso en una occidentalización galopante.  

Por aquellos días, el gobierno de Birmania sólo permitía la estancia en el país por especio de una semana, y los viajeros tenímos que aprovechar este corto periodo para ver apenas una fracción de los múltiples tesoros que encerraba. Y luego vino el Golpe... Y Birmania permaneció cerrada algunos años, sumida en la represión, anclada en la burocracia, inmersa en una economia de supervivencia.  

En una supervivencia que era (y es aún) a su vez paradójica. Porque si bien Birmanaia es muy rica en recursos -agricultura muy productiva, una extensión forestal, riqueza en piedras preciosas y semipreciosas, incluso petróleo...-, el obsesivo control estatal, en perpetua lucha contra la disidencia y la guerrilla en las extensas zonas montañosas y fronterizas, obstaculiza todo progreso. El estado deficiente en que se halla la economía de un país que, en los albores del siglo, era el más rico y desarrollado del Sudeste asiático genera una necesidad creciente de divisas y, tan pronto como el gobierno pudo garantizar la seguridad de los turistas en las zonas más centrales y pobladas del país, volvió a conceder visados a los turistas. Estos, recientemente, han sido ampliados a dos semanas de duración.  

Ocultando mi profesión, ya que no se conceden visados a los periodistas, tramite mis papeles y me dirigí, tan pronto como pude, al país reabierto. A un país que recientemente ha cambiado su nombre, el de su capital y el de algunas ciudades y ríos, en un intento gubernamental de dotarlo de unidad en detrimento de los birmanos, el grupo mayoritario. Birmania, en efecto, ya no tiene oficialmente este nombre, por lo menos dentro de sus fronteras, sino Unión Myanmar. Su capital, Rangún, se llama ahora Yangon y su río principal, el Irrawady, aparece ahora en los papeles y mapas oficiales como Ayeyarwady.  

Al airbus de la Thai, que cubre dos veces por semana el trayecto desde Bangkok, está lleno a rebosar; personal de embajada, técnicos occidentales, hombres de negocios orientales, algunos tailandeses, unos pocos birmanos bien situados y apenas una quincena de turistas. Al aterrizar, se percibe en el aire una calma tensa que coincide con la expectación de los locales aglomerados sobre la terraza de la terminal. Los trámites son más ágiles de los que me esperaba, pero de inmediato me ponen en manos de una joven con uniforme verde y dotada de una identificación como guía. Informándome de que soy el único integrante de mi grupo turístico, porque las otras dos personas anularon su viaje a última hora, me propone realizar el trayecto al revés de lo normal. Primero Pagán, después Mandalay y finalmente Yangon. Tanto mejor; temía haber de compartir mis experiencias con un grupo masificado y, a cambio de ello, tendré ocasión de impregnarme plenamente del país y su gente, sin haber de sufrir influencias del exterior.  

Aunque posee pagodas milenarias, la ciudad de Yangon fue urbanizada durante el periodo colonial británico. Hoy es el máximo exponente del sistema socialista, sus calles están repletas de militares y las normas son muy estrictas. Es mejor dejarla para el final, por lo que me trasladan a la estación de ferrocarril. La consigna es "nada de fotografías". El expreso nocturno de Mandalay sale puntualmente, poco después del control de la lista de pasajeros que efectúa la policía. Unas butacas reclinables y unos ventiladores en el techo, alternados con lámparas fluorescentes que atraen a los mosquitos, constituyen toda la comodidad de la clase más lujosa; nada que ver con nuestros trenes locales. A medida que el tren se aleja del centro de Yangon, van desfilando los barrios periféricos, formados por casas de madera construidas sobre palafitos y levantadas sobre zonas encharcadas donde se cultiva el arroz. Es la gran cuenca del río Ayeyarwadi que cruza Birmania de Norte a Sur y acoge a la población propiamente birmana, el 70% de los habitantes del país. Las otras étnias, mucho menos numerosas, habitan en las zonas más remotas y montañosas, en un territorio que, ocupando 454.300 Km2, representa el 67% de la superficie total de Birmania. Se llaman Kachin, Kayah, Karen, Mon, Loa, Arakanese o Sham, y su cultura y su idioma poco o nada tiene que ver con el mayoritario grupo birmano. 

 Mientras los niños juguetean a su alededor, los adultos permanecen expectantes ante al paso del ferrocarril. Hacia las siete se inicia el ocaso, y a las ocho menos cuarto sólo nos acompaña la luz de la luna llena que se refleja en los campos inundados. Las estaciones de tren me recordarían a las de la India si no fuera por los monjes budista ataviados con sus túnicas granates. Son las cinco de la mañana cuando empieza a clarear. Un paisaje de fábula saluda el nuevo día mientras el horizonte se engalana con toda la gama de verdes. Tímido detrás de las nubes, asoma el sol naciente mientras los campesinos se dirigen a sus campos para iniciar su jornada. Van montados en viejas y robustas carretas de madera, tiradas por búfalos de agua o por bueyes que avanzan a paso lento por el camino tantas veces pisado. De la misma manera que lo han hecho durante siglos y siglos, como si nada hubiera cambiado. Únicamente el ruido del tren recuerda el siglo veinte pero nada indica si se trata de sus albores o de la década de los noventa. Y es entonces cuando el viajero comienza a prendarse del país, a introducirse en su esencia, olvidando la época en que vive y de la que parece que, por momentos ha conseguido escapar.  

A las seis menos diez de la mañana el tren llega a Thazi. Bajan unos veinte autóctonos y un solo extranjero: yo. La policía toma nota y me conduce hacia el exterior donde un viejo autobús de dieciséis plazas, su conductor y un guía me esperan para llevarme, en servicio exclusivo, a la ciudad de Pagán. Los árboles que flanquean la ruta me recuerdan los que durante mi infancia proyectaban su sombra sobre nuestras carreteras. Los campos de arroz dan paso a los de legumbres, pero las carretas prosiguen en su paso lento. Llegamos a Meiktila, donde a las orillas de un ancho río se cruzan en mi camino las primeras pagodas blancas cubiertas por doradas coronas. La actividad del mercado, el ir y venir de las bicicletas y el trasiego de los monjes budistas en busca de arroz contrasta con la tranquilidad de los campos que se suceden en el camino hasta llegar a Pagán. 

La llaman la ciudad de los cuatro millones de pag