EL CAMINO DE SANTIAGO MONUMENTAL
Geoplaneta 1999
Quizás fue fruto de la providencia, quizás de la casualidad. Tal vez fue la necesidad de encontrar un motivo para que, ocupado Jerusalén por el infiel, Europa buscara su identidad y se pusiera en marcha hacia una meta relacionada con los principio de la cristiandad. La noticia del hallazgo de los restos de Apóstol Santiago, decubiertos al parecer en el 813 en tierras de Galicia, allí donde termina la tierra conocida y empieza un mar
tenebroso y traicionero, fue el detonante de un movimiento único en la historia.
Desde que rondando el primer milenio de la Era Cristiana la parte norte de la península ibérica empieza a ser escenario del trasiego de peregrinos procedentes de todos los rincones de Europa en dirección a Compostela, cientos de obras arquitectónicas se levantan a su paso. Unas para confirmar su fe, como los monasterios, las catedrales, las iglesias y las ermitas. Otras para facilitar el Camino como los hospitales para acogerles, los
puentes para cruzar los ríos y los cruceros para indicar la buena senda.
Todo ello unido a la reciente necesidad de fortificar los territorios conquistados a los musulmanes, levantando castillos donde se habían situado castros celtíberos, campamentos romanos y fortalezas árabes; el enriquecimiento de familias nobles que se construían palacios con los privilegios conseguidos por las gestas de reconquista; y la evolución de incipientes burgos poblados por gentes llegadas de lejos; configuraron un legado
monumental impresionante que se extiende desde los Pirineos hasta la actual capital de Galicia.
La mayoría de los edificios que se construyeron a lo largo del Camino perduran todavía hoy, para admiración de miles de viajeros que siguen la vieja ruta, bautizada como Camino Francés y declarada Primer Itinerario Cultural Europeo y Patrimonio de la Humanidad.
Por aquí penetraron en España las nuevas tendencias artísticas gestadas en Europa, que se fusionaron con características propias de la península, creando estilos como el mudéjar, que proviene de la palabra árabe mudajja, que significa musulmán que vive entre cristianos.
Del propio Camino nació también una forma de construir, como en el caso de muchas iglesias de la senda jacobea, cuyas principales características arquitectónicas vienen dadas por el crucero con cúpula y el trasaltar con deambulatorio, que permite celebrar misas en el altar mayor sin sufrir las molestias debidas al desfile de peregrinos por el resto del templo.
La profusión del románico, el plateresco o renacimiento español, y el barroco, coincidió con las épocas de mayor auge constructivo, aunque a lo largo de las distintas épocas los edificios se han ido enriqueciendo con obras pictóricas y escultóricas que como algunos retablos excepcionales lucen dentro de iglesias y monasterios.
Resulta muy díficil escoger entre tanta manifestación artística acumulada, pero el libro que se halla entre sus manos recoge lo que más nos ha llamado la atención, tanto desde tierra como desde el aire, de la ruta entre el monasterio de Roncesvalles y la meta del Camino, la catedral de Santiago de Compostela.
Todos los caminos conducen a Compostela y por tanto hay otros itinerarios, que como en la variante aragonesa del Camino Francés, disponen asimismo de monumentos excepcionales. Pero este es el más concurrido.
El Códice Calixtino, datado en el año 1.139, y escrito por el presbítero francés Aymerid Picaud, está considerado como la primera guía turística de la humanidad, por las recomendaciones prácticas que recoge. El bueno de Aymerid tuvo la inmensa fortuna de hacer el Camino durante una de sus épocas más intensas, pero probablemente le hubiese complacido enormemente verlo desde el aire.
Con el fin del milenio la senda jacobea está experimentando un nuevo resurgir. Parece evidente que las piedras no hablan, pero sin duda se han convertido en testigos de excepción de una historia apasionante, la de miles y miles de almas que a lo largo de los siglos han dirigido sus pasos hacia Compostela, con más o menos fe, pero siempre con el sentimiento de admiración hacia los artistas que fueron capaces de moldearlas resistentes al paso
del tiempo.
Román Hereter